Sobre la “hábil prudencia” de Franco (y V)

4 octubre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con este post termino mis comentarios sobre SOBORNOS. Estoy ya metido, hasta el cuello, en la aventura del año que viene. Reconozco que un libro que combina medidas convencionales con otras de espionaje da para mucho más. Pero no me dedico a la autopropaganda. Así que en este último post quisiera simplemente llamar la atención sobre el espacio que doy en mi libro a una de las figuras que más han llamado la atención de numerosos historiadores y aficionados: el almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Inteligencia Militar alemana, la famosa Abwehr.

Scherl: Der s¸dafrikanische Vertreidigungs- und Sicherheitsminister Pirow verliess gestern abend Berlin. UBz: ihn beim Abschreiten der Front der Ehrenkompanie der Luftwaffe vor dem Anhalter Bahnhof; rechts von ihm Admiral Canaris, der in Vertretung f¸r Generaloberst Keitel erschienen war und links der Kommandant von Berlin Generalleutnant Seifert. Fot. Wag   27.11.1938

Scherl:
Der s¸dafrikanische Vertreidigungs- und Sicherheitsminister Pirow verliess gestern abend Berlin.
UBz: ihn beim Abschreiten der Front der Ehrenkompanie der Luftwaffe vor dem Anhalter Bahnhof; rechts von ihm Admiral Canaris, der in Vertretung f¸r Generaloberst Keitel erschienen war und links der Kommandant von Berlin Generalleutnant Seifert.
Fot. Wag 27.11.1938

Confieso que nunca me he sentido fascinado por Canaris. Recuerdo que en los lejanos tiempos en que andaba preparando mi tesis doctoral, allí por 1972, hice una larga visita a los archivos militares alemanes de Friburgo. Ya tenía escrito el 90 por ciento. Entonces se buscaban papeles gracias a un catálogo establecido según los cánones de la época. Utilizando palabras clave, y cubriendo un amplio abanico, dí con un grueso legajo en el que, inesperadamente, me encontré con las andanzas de Canaris en la España en los años veinte y principios de los treinta. Ello me obligó a rehacer la orientación de la tesis. Los documentos ilustraban que el origen de  la apelación que Mola hizo a los alemanes después del 18 de julio de 1936 hundía sus raíces en contactos anudados en aquellos años y no cuando Canaris había estado brevemente en Madrid en plena primera guerra mundial. Me adelanté, por cierto, a su afamado biógrafo alemán, Heinz Höhne, un periodista que se había hecho un gran renombre en Der Spiegel y que, naturalmente, me ignoró.

En los años en que José Antonio Martínez Soler dirigió la revista HISTORIA INTERNACIONAL al comienzo de la Transición la cubierta de uno de sus números exhibió una de las poquísimas fotos de Canaris en España durante la guerra civil. Me la dio un exagente suyo. Canaris fue la persona encargada por Hitler de informar a Franco, a finales de octubre de 1936, de la inminente llegada de la Legión Cóndor. En el artículo sobre Canaris demostré con documentos de la Abwehr que al famoso servicio alemán la sublevación de los militares españoles le había cogido en mantillas.

Hoy todavía, en una recientísima biografía de Sir Michael Oldfield, uno de los jefes de MI6 durante la guerra fría, su autor, Martin Pearce,  afirma de que el mismo Canaris ya llamó la atención de Franco en 1938 sobre los planes de agresión de Hitler el año siguiente, por lo que el astuto Caudillo ya estaba en guardia y pudo así inhibirse de entrar en guerra al lado de Alemania. Sería una historia estupenda si fuese cierta. El problema es que no está basada en la menor evidencia, en tanto que los británicos sí recogieron pruebas abundantes de que Hitler no se esperaba el estallido de la conflagración en 1939. Pelillos a la mar.

Los ingleses han tenido siempre una atracción particular por Canaris desde los tiempos de Ian Colvin, periodista que sentó cátedra en 1951. ¿Su tesis? Gracias a los consejos de Canaris, traicionando a Hitler, Franco no entró en guerra. Innecesario es decir que esta afirmación sigue vivita y coleando hasta el día de hoy aunque no está apoyada en ningún tipo de documento.

La misma tesis la resucitó un experiodista de The Times que se pasó a la City, Richard Basset, en un libro que apareció en 2005 y que al año siguiente tradujo Crítica. Se ha considerado el no va más. Por desgracia, y para el caso de España, Basset no se basa en ninguna evidencia ni vieja (que no existe) ni nueva. Es más, como no tiene la menor idea de España, no extraña que cometa algún dislate que otro. Que yo conozca, nadie ha llamado la atención sobre ellos pero, en cualquier caso, y en lo que se refiere a temas españoles dicho autor  no constituye la menor autoridad.

Por el contrario, la mejor biografía de Canaris, debida a un autor alemán, Michael Mueller, pone seriamente en duda el papel que al almirante se le ha atribuído en sus relaciones con Franco. Dicha biografía se ha traducido al inglés pero todavía no al castellano. Una lástima.

Pues bien, si se utilizan los hallazgos de Mueller y se les combina con algunos documentos españoles que ha publicado nada menos que la benemérita Fundación Nacional Francisco Franco, es posible llegar a conclusiones más próximas a Mueller que a Basset y, en último término, a Colvin.

 

Russland, Wilhelm Canaris, v. BentivegniEl análisis crítico demuestra una vez más el dicho de que “el papel aguanta todo lo que le echen”. Un señor afirma, tan pancho, una cosa inventada, se copia y reproduce como si fuera no el va más hasta sentar cátedra. Desmentirla cuesta después sangre, sudor, lágrimas y un montón de dinero.  Y, en este caso, podemos llegar a que un señor que no deseo identificar se pregunte, y no dude en inclinarse por la afirmativa, si Franco no llegó a tener en Canaris un espía al lado del Führer.

La pregunta invita a la contrapregunta: ¿Y dónde está la evidencia? Pues ya puede buscar el lector que no la encontrará. Sí hallará en cambio, como señala Mueller, que lo más que puede afirmarse tras compulsar la evidencia circunstancial existente es que Canaris no puso toda la carne en el asador para convencer a Franco para que echase su cuarto a espadas con Hitler.

Pero, para ese viaje, no se necesitaban tantas alforjas. Ni Basset, influenciado por Colvin, ni Mueller podían conocer lo que después ha salido a la luz, gracias a la desclasificación de los papeles británicos que alumbran la operación que he denominado SOBORNOS.

El tema, por el que he pasado un poco sin profundizar en él en mi libro, tiene alguna trascendencia. La supuesta traición de Canaris a Hitler se exhibió, prometedoramente, en una época en que algunos alemanes buscaban con cierta desesperación algún héroe que, por mor de la salvación de la PATRIA, hubiese sido lo suficientemente agudo como para inducir en un error fatal al causante de todas las desdichas del pueblo alemán.

En aquella época, finales de los años cuarenta y principios de los años cincuenta, todavía no se había reconocido plenamente el papel de la resistencia a la dictadura nacionalsocialista en lo que ya era la República Federal de Alemania, recién subida a la pila bautismal por los vencedores occidentales en la segunda guerra mundial. Costó mucho esfuerzo que ese reconocimiento progresara y lo hizo, claro, por los grupos que no planteaban demasiados problemas: los círculos eclesiásticos (católicos, pero también protestantes), los civiles (no muchos), los militares (empezando por Canaris y sus muchachos). Lentamente se fue progresando hasta reconocer la importancia de la oposición de derechas, conservadora y nacionalista entre los militares. Quedó un poco de lado la de izquierdas, aunque la de los socialdemocrátas no podía taparse. Se olvidó cuidadosamente la comunista, al fin y al cabo enemiga existencial.

En este proceso hay que distinguir, obviamente, entre los avances en la historiografía y los que se filtraban hacia la cultura popular o se generaban en esta. Los primeros empezaron por chocar a grandes sectores del buen pueblo alemán hasta que se convirtieron en el cauce principal. Hoy podemos leer que el vocabulario nazi vuelve a introducirse en ciertas manifestaciones del discurso político de Alemania y vemos que algún que otro nuevo partido, populista y de extrema derecha, ya empieza a querer revisar una historia de horror. No es para llorar. Es para prestar atención, mucha atención, a esa nueva efervescencia. Hay historia que no es inocente.

Sobre la “hábil prudencia” de Franco (IV)

27 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

En la historiografía convencional no era frecuente hasta hace unos cuarenta años incorporar a la narrativa lo que los anglosajones llaman la “missing dimension”, es decir, la dimensión que falta o que faltaba. Con ella hacían referencia a la incorporación al discurso historiográfico normal de las actividades clandestinas, subterráneas o no convencionales. En una palabra, el espionaje. Hoy tal dimensión está plenamente reconocida.

9788498925531En contra de lo que pudiera creerse no ha sido la curiosidad que despiertan los relatos de espionaje en el público en general la que ha permitido tal incorporación. Esos relatos, tan antiguos como la Biblia misma, siempre han estado presentes en el imaginario popular y, desde finales del siglo XIX, han sido territorio favorito de todo tipo de obras, en general de aficionados o de periodistas con un gusto por lo sensacional. La historiografía académica, seria, en gran medida los ha ignorado, incluso tras la experiencia de la primera guerra mundial en la que los relatos sobre la segunda ocupación más antigua (adivine el lector cuál sería la primera) experimentaron una notable expansión.

La razón no es difícil de explicar. En la medida en que la historiografía académica tiene, esencialmente, una base documental, es decir,  se fundamenta en evidencias primarias los historiadores no podían hacer mucho porque las fuentes estaban cerradas. Episodios como el de la mitificada Mata-Hari, con su mezcla de sexo y espionaje, eran buenos para gacetilleros y novelistas, pero no para historiadores serios, hechos y derechos.

Tampoco después de la segunda guerra mundial y la evolución de la guerra fría cambiaron demasiado las tornas. En general, los Estados que habían pasado o estaban pasando por ellas fueron avaros de sus secretos. Episodios como los de Philby y el gang de los espías de Cambridge dieron pie a numerosos relatos pero no indujeron a que se abriesen los archivos.

Todo este panorama ha ido cambiando. En el país en el que los relatos de espías han hecho furor tradicionalmente, el Reino Unido, la situación empezó a aclararse cuando, por diversas razones, se autorizó una publicación que aludió abiertamente a la importancia de la densa malla de desciframiento de las comunicaciones alemanas en la segunda guerra mundial. Siguió otra en la que se puso de relieve la actuación del Comité XX que había conseguido que todos los espías alemanes que los nazis introdujeron en el país o trabajasen para los británicos o fueran derechitos a la horca.

Y en lo que se refiere a la guerra fría misma, a los pocos años de colapsarse un espía de la KGB que se pasó a los británicos les regaló miles y miles de extractos de documentos que conforman lo que ha dado en denominarse el “archivo Mitrokhin”.

Desde tales hitos, muchos historiadores se han lanzado sobre masas de documentos desclasificados. En la actualidad, los archivos de inteligencia han revelado una amplia muestra de sus arcanos. Siempre con restricciones impuestas por motivos de “seguridad nacional” u oscuros intereses burocráticos. Los norteamericanos no fueron a la zaga e incluso se adelantaron, pero guardando siempre un núcleo duro. Hoy la historia de las actividades de inteligencia ha ocupado por derecho propio un nicho en la historiografía. La editorial Crítica ha publicado recientemente un libro importante, de síntesis, de Max Hasting, sobre tales actividades en la segunda guerra mundial. Es un buen correctivo a las exageraciones que han permitido a autores sensacionalistas hacer caja.

En España vamos atrasados. Son escasos los historiadores que han tratado de integrar temas de inteligencia en el cuadro general. Para la primera guerra mundial los trabajos de Fernando García Sanz, Eduardo González Calleja y Pierre Aubert han abierto brecha. En cuanto la guerra civil el panorama no es mucho más alentador a pesar de los trabajos de Hernán Rodríguez, Pedro Barruso  y José Ramón Soler. Un libro, también publicado por Crítica, de Morten Heiberg y Manuel Ros Agudo no tuvo demasiado éxito. Fue, sin duda, prematuro. El público lector español no estaba todavía entonces preparado para estudios de tal tipo. Luego se han hecho algunas incursiones periodísticas en el espionaje soviético en España pero ningún autor español ha estado a la altura de las investigaciones de Boris Volodarsky, también publicadas por Crítica. Sin duda me dejo algunos nombres pero me fijo en obras de rigor académico y no en otras.

Un autor que trabajaba en la NSA norteamericana prometió hace años un estudio sobre las actividades de inteligencia de la Legión Cóndor pero todavía lo estamos esperando. A lo mejor murió. O se descartó el proyecto. Sería una auténtica pena porque hubiera sido muy interesante. Naturalmente plantea la pregunta de si los archivos de inteligencia de la Cóndor estaban en la NSA, ¿qué diablos habrá hecho de ellos la poderosa agencia de espionaje electrónico norteamericana?

Con respecto a la segunda guerra mundial Luis Suárez ha hecho referencia a que Franco tuvo algunos agentes incrustados en la embajada británica en Madrid. Los informes que de ellos se han dado a conocer, en bruto y sin examen crítico adecuado, no hacen pensar que llegaran muy allá.

Y, después, abundan las especulaciones y los relatos basados en fuentes periodísticas. Existe un rumor, que no sé si será cierto y que aventuro con todo cuidado, a tenor del cual en el Archivo Militar General de Ávila se custodia lo que quedan los archivos en materia de inteligencia militar desde principios del siglo XX. Supongo que escudriñar las actividades de los espías militares en las campañas del Rif debe de ser un asunto tan sensible que nadie se ha atrevido a sugerir su desclasificación.

En este campo todo autor se ve obligado a poner límites a la imaginación. Es fácil dejarse llevar por la luz de presuntas aventuras y el atractivo de los temas. En realidad, de lo que se trata es de escribir historia que se atenga a los principios metodológicos esenciales. Escudriñar los documentos, examinar su consistencia interna, su relación con otros, su pertinencia y, no en último término, la atención que se les prestara. Si es que se les prestó alguna.

Bien o mal, es lo que he intentado hacer en SOBORNOS. No fue ciertamente una operación de espionaje en sentido clásico pero sí tuvo un fuerte componente de extracción y aprovechamiento de información secreta y de influencia sobre el decisor último, Franco; de compra de voluntades y de exploración de escenarios. Ya que se pagaban auténticas fortunas es de esperar que los británicos las sometiesen a contrastes y confirmaciones. Salvo en casos muy puntuales (y refiero algunos de ellos) no he encontrado huellas de ese típico procedimiento de dilucidación y esclarecimiento, bases necesarias -a decir verdad, imprescindibles- para una acción correcta.

Pero, a lo mejor, eminentes historiadores o políticos pro-franquistas tienen en sus manos las llaves de las puertas del reino de la verdad y nos franquean el paso. No habrá lector más contento que quien esto firma. En el próximo post daré un ejemplo.

(Continuará)

Sobre la “hábil prudencia” de Franco (III)

20 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

No desearía que los amables lectores de este blog creyeran que lo utilizo para hacer publicidad de mis trabajos. Así que no trataré de sintetizar los resultados de mi último libro. Sí espero que me permitan realizar algunas consideraciones sobre comentarios que he leído en los medios digitales en donde se han publicado conversaciones conmigo acerca de SOBORNOS. Reflejan con frecuencia una forma curiosa de entender la historia y el trabajo del historiador. Hoy me limitaré a unas breves consideraciones por razón de categorías.

hitler-y-franco-hendaya-1941Quienes más han comentado son los denigradores. Lo han hecho  desde dos puntos de vista. El primero, el de los sabihondillos. El segundo, el de los cargados de ideología.

El primero es el más interesante. Huelga decir que no han leído el libro, pero ya exponen sus argumentos con supuesta autoridad. Digo supuesta porque se hacen siempre desde el anonimato. Yo solo me he sentido impelido a hacer un comentario una vez. Lo hice para contestar a un artículo de un distinguido columnista de ABC en el que me achacaba (junto con otros colegas, entre ellos Julián Casanova) que con lo que escribíamos jamás entraríamos en la Real Academia de la Historia. Me limité a responder, con mi nombre y apellidos, que nunca había sentido tal deseo. Por supuesto, no hubo la menor reacción.

Pues bien, abundan quienes afirman que “eso de los sobornos” ya es cosa sabida. Tienen, por supuesto, razón. Se conocen desde 1986. Los dio a conocer el profesor Denis Smyth, entonces en Cork College. Se hizo famoso instantáneamente. Es amigo mío y hoy está feliz en la Universidad de Toronto. Lo señalo en el prólogo de mi libro. Y, como historiador profesional, también indico a todos los demás autores que han retomado la referencia a los mismos. Solo hay, entre ellos, un español que haya encontrado algo que haya enriquecido mínimamente las referencias  de extranjeros, aparte de Smyth (entre los cuales destaca David Stafford). Ni que decir tiene que, al publicar en 2016, añado nuevos autores, hasta al menos el año anterior.

Pero, que yo sepa, los sobornos no constituyen la pieza fundamental de ningún otro trabajo que los haya examinado desde los aspectos operativos, tácticos y estratégicos. Así que me perdonarán tales sabihondillos si no puedo tomarles en serio.

La segunda categoría dice más de quienes opinan que del libro. Sus comentarios, en los que se me achaca una ideología que no llegan a concretar, se hacen desde una postura de quienes se sitúan au-dessus de la mêlée, es decir, de  ciudadanos que presuntamente solo se preocupan de una no menos presunta actitud, la de la objetividad.

Aparte de que ello no se compadece con los dicterios con que esmaltan sus comentarios creo que lo que demuestran es que se ven afectados por una cierta confusión conceptual. Y esto es, para mí, lo más significativo.

Tales comentaristas ignoran que no hay, ni puede haber, historia sin ideología. Quien afirme lo contrario simplemente no sabe de que habla. Todos los seres humanos contemplamos el mundo que nos rodea, y también el que ha rodeado a nuestros antepasados, a través de lo que uno de mis maestros, el profesor José Luis Sampedro, solía denominar una “retícula axiológica”. Es decir, los seres humanos filtramos nuestras percepciones por nuestros valores. Quienes no lo reconocen confunden objetividad con imparcialidad.

Aplicada esta confusión al campo de la historia se olvida en qué consiste el objetivo el historiador. Desentrañar o iluminar parcelas de algo que ya no existe, el pasado. Lo hace, sin embargo, ateniéndose rígidamente a unas reglas destiladas a lo largo del tiempo. Sobre todo desde que el escudriñamiento de ese pasado se configuró como fundamento del conocimiento específico que llamamos “historia” en tanto que disciplina (algo que ocurrió en Alemania, Francia e Inglaterra esencialmente en el siglo XIX).

Tales reglas hacen que la investigación histórica tenga una cierta pretensión de “cientifismo”, no como el de las ciencias naturales sino que se acerca más al de las ciencias sociales. Son reglas que permiten diferenciar entre afirmaciones banales, sin sustento salvo en las propias opiniones, y las que son resultado de un trabajo de exploración de las fuentes. Estas son, lógicamente, muy diversas (desde restos de obras arquitectónicas, pasando por las piedras talladas, los papiros y pergaminos hasta una variada gama de artefactos culturales).

Es decir, son fuentes que manifiestan en concreto la acción de los seres humanos en el tiempo, sometidos a influencias económicas, sociales, tecnológicas y culturales en contextos en cambio, y que tienen o han tenido existencia fuera de ellos. Las afirmaciones de los historiadores genuinos son objetivas porque dependen crucialmente de algún tipo de soporte, del cual las han extraido siguiendo una metodología, inductiva o deductiva, consolidada en la discusión inter pares de generación en generación.

Quienes alegremente se desatan en descalificaciones e improperios, sin base en un examen crítico de las fuentes, no son objetivos sino parciales. Aventan opiniones que pueden no tener base alguna salvo la que componen sus emociones, posturas axiológicas o preferencias políticas e ideológicas.

En mis investigaciones, por el contrario, reivindico la estricta referencia a la base, apoyaturas o sustento en fuentes que existen, con independencia de mis valores. De hecho, una gran parte del trabajo del historiador, y del mío propio, estriba en buscar e identificar esas fuentes que suelo denominar evidencia primaria relevante de época.

Al analizar esa evidencia trato de ser objetivo en la medida en que no suelo ir muy por delante de lo que la misma permite inferir siguiendo por lo general un procedimiento inductivo. Esto no quiere decir que sea imparcial. No puedo serlo porque tengo, como todo ser humano, ciertos valores. ¿Cuáles son? Esencialmente los de la Ilustración, con el imperativo categórico al frente aplicado a la búsqueda de la verdad (al menos la documentable). ¿No suele decirse que “la verdad nos hará libres”?

En SOBORNOS, como en numerosas obras anteriores, doy ejemplos de autores que no se atienen a las reglas de la metodología histórica y que no dudan en manipular, tergiversar o distorsionar la evidencia, primaria e incluso secundaria (las “fuentes”). Hasta reciben prebendas y alguno ha logrado la proeza de introducirse en la Real Academia de la Historia.

Y porque mis valores son, en general, los de la Ilustración confieso que no me gustan ni Franco ni su régimen. Gracias a la desaparición de la censura (vigente en su España desde 1936 hasta 1976) toda una serie de historiadores españoles y extranjeros han tenido la posibilidad de demostrar que ambos fueron una mancha negra en la historia española, un tiempo de mentiras, de deshonor y de represión multifacética y multimodal.

Así, pues, confieso que no hay otro deber más importante para el contemporaneista interesado por España que poner al descubierto todas las facetas de dicho régimen y de la persona que lo dirigió y en torno a la cual autores enajenados por el dinero, honores, influencia o ideología tendieron una tupida red de tergiversaciones.

SOBORNOS, y el libro -esta vez colectivo- que le seguirá el próximo año, no son sino una pequeña muestra de lo que hubo detrás de aquel régimen y de su fundador. Ahora bien, cuando he encontrado alguna evidencia que puede resultar favorable a Franco no la he desdeñado. Al contrario, me he deleitado en destacarla para demostrar que trato de ser objetivo y me atengo, críticamente, a los documentos. No como algunos de los historiadores que afloran, con no demasiada buena luz, en mis libros.

(Continuará)

Sobre la “hábil prudencia” de Franco (II)

13 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Una de las dificultades de escribir en materia de inteligencia en una situación de guerra estriba en cómo insertar los resultados de las operaciones que se abordan en los contextos dentro de los cuales se llevaron a cabo, tanto en el plano estratégico como en el táctico. Los autores suelen dividirse. Están, por un lado, los que contemplan tales operaciones en sí mismas, es decir, los que se sienten tentados por describirlas y analizarlas como un fin y no como un medio para un fin. La apetencia del público por las historias de espías es, por lo  demás, un aliciente. 

1370283643_748941_1370283757_noticia_normalPor otro lado, están los autores que procuran abordar el impacto de tales operaciones más allá de sí mismas. Naturalmente, para un historiador normal esto es  lo que tiene más morbo. Hay operaciones que fracasan, otras con resultados puntuales y otras que tienen un impacto concreto sobre planteamientos estratégicos y tácticos. Es obvio que no en todos los casos puede identificarse dicho impacto.

En el caso español, la única operación que se ha estudiado con tales fines ha sido la denominada CARNE PICADA (MINCEMEAT). Se le han dedicado una película (EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ) y varios libros. Uno de ellos ha sido publicado por CRITICA en su serie sobre la segunda guerra mundial. El profesor Denis Smyth escribió centrándose sobre su contexto estratégico y táctico. Lo hizo de forma profesional y con gran autoridad. Su libro no se ha publicado en castellano.

Pues bien, lo que yo he denominado operación SOBORNOS fue mucho más importante y significativa que CARNE PICADA. De Constituyó la base sobre la cual se asentó la estrategia británica para contener las apetencias de Franco por entrar en guerra. Pero también el fundamento de la política de Londres hacia el régimen español, tout court.

Nunca se permitió, en efecto, que otras operaciones u otras valoraciones interfiriesen con SOBORNOS. En la cúpula británica (de Churchill como primer ministro y ministro de Defensa, al Gabinete de Guerra, al Gobierno en general, a los Jefes de Estado Mayor y a los servicios de inteligencia) se introdujeron compartimentos estancos destinados a protegerla. Había que dar tiempo al tiempo y que se hiciera sentir la influencia de los sobornados sobre Franco para que minaran la confianza que el jefe del Estado tenía en su consejero aúlico y ministro de Exteriores Ramón Serrano Suñer.

El número de personas que supo de SOBORNOS se redujo al mínimo. En Madrid estaban al corriente, aparte del embajador, el ministro consejero, los agregados militar y financiero y el naval, que fue quien impulsó la operación desde el primer momento. No he encontrado constancia de que otros funcionarios supieran de su existencia en la capital española. En Londres solo dos ministros conocieron su lanzamiento: el de Asuntos Exteriores y el del Tesoro. Era imposible hacer nada sin contar con ellos.  Posteriormente hubo que informar también al ministro de Guerra Económica para que dejara de incordiar, ya que estaba al frente del Special Operations Executive (SOE), es decir, la agencia creada por Churchill para llevar el sabotaje y la subversión a la Europa ocupada por nazis y fascistas.

Ni que decir tiene que los roces burocráticos fueron, al principio, la regla. Para lidiar con ellos, los ministros al corriente apelaron a un pequeño grupo de altos funcionarios dignos de toda confianza. Esto fue así hasta el punto que en los diarios del subsecretario permanente de Estado en el Foreign Office, y hombre clave en SOBORNOS, sir Alexander Cadogan no solo no se encuentra nada respecto a la operación sino que incluso abunda en despectivos calificativos, al menos al principio, contra el embajador en Madrid y alma de la operación, sir Samuel Hoare. Quien, por cierto, no solo no dijo nada en sus publicadas memorias sino tampoco en un esbozo de otras complementarias que no llegó a terminar antes de su fallecimiento.

Salvo los primeros telegramas en los que se planteó la operación, todas las referencias a la misma se diluyen en la correspondencia burocrática y en los informes y telegramas políticos y militares. De aquí la importancia de los que se desclasificaron en 2013. De no haber sido por ellos, hubiera sido imposible avanzar mucho en su conocimiento. Hoy, sin embargo, ya sabemos cómo se gestó, cómo funcionó y qué resultados obtuvo.

Por SOBORNOS discurrió un chorro de dinero. Los datos que figuran en la literatura son inexactos. Pero es que, además, la cobertura financiera hay que enfocarla tanto desde la perspectiva británica como desde la de los receptores. En la primera, fue evidentemente una microgota en un océano de gastos militares. En la segunda, las tornas cambian de forma radical. Sobre los generales y el hermano de Franco cayó una tromba de dinero (pesetas, escudos, dólares, libras) que pudo quitarles toda preocupación financiera para el resto de sus vidas.

¿Supieron los generales, y el hermano de Franco, uno de los personajes más corruptos de la época, de dónde procedían los dineros?

Se ha aducido, sin la menor prueba, que no, que no lo sabían. Bueno, al menos uno de los sobornados sí tuvo que estar enterado. No fue un cualquiera. Fue el coronel Valentín Galarza. El antiguo “técnico” que coordinó el golpe de Estado en julio de 1936 y que sucedió a Serrano Suñer y luego al propio Franco como interino al frente del Ministerio de la Gobernación.

SOBORNOS, por lo demás, llegó a contar en el Gobierno no solo con Galarza, sino también con el bilaureado general José Enrique Varela, ministro del Ejército. Es decir, el banquero mallorquín Juan March, también financiador de la sublevación de 1936 para adquirir material bélico en Italia y alquilar el Dragon Rapide (luego prestó a Franco un volumen inmenso de recursos), no se anduvo con chiquitas. Fue a la cabeza y por lo grande

No es de extrañar que SOBORNOS se rodeara de un tupidísimo velo y que los británicos subordinaran a su intangibilidad cualquier operación clandestina que quisieran montar otros servicios de inteligencia en España, particularmente el SOE.

La cuidadosa selección de las personas a sobornar, los altos y bajos por los que atravesaron las fortunas militares británicas en la primera fase de la guerra mundial, los alaridos falangistas, la preocupación por hacer Gibraltar inexpugnable y la creencia de que la mejor forma de lograr los objetivos estribaba en influir directamente sobre Franco vía personas de su confianza explican que una operación que se planteó en un principio para seis meses durase casi tres años. Fue adaptándose a las circunstancias, asumió objetivos secundarios, cambió en ocasiones de carácter pero siempre fue el último as de la baraja en manos británicas.

(Continuará)

 

 

 

Sobre la “hábil prudencia” de Franco (I)

6 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Tras la pausa veraniega reanudo, como había prometido, este blog. Estos primeros posts de la nueva temporada se dedicarán a encuadrar mi nueva investigación. Su argumentación y resultados se reflejan en un libro que ahora se pone a la venta. Quizá interese a los amables lectores que siguen este blog conocer los porqués de la misma.  

portada_sobornos_angel-vinas_201606131548Desde que, en 1974, di a conocer los resultados de un trabajo que me había encargado, en mi etapa en la embajada en Bonn, el profesor Enrique Fuentes Quintana mi labor como historiador se ha centrado  en escudriñar mitos del franquismo. En aquel momento fue lo que hubo detrás del insólito apoyo inicial de Hitler a Franco en los albores de la sublevación. Luego fue el “oro de Moscú”. Más tarde, en plena transición me dediqué con un equipo de colegas a poner al descubierto la sinuosa trayectoria de la política económica exterior española, desde la instauración de la República hasta la muerte de Franco, gracias al apoyo personal e institucional del profesor Rafael Martínez Cortiña (qepd). Se publicó en 1979.

Hoy, cuarenta años más tarde, me doy cuenta de que mi labor como historiador se ha situado siempre en la misma perspectiva. Desmitificar, comprobar, analizar y progresar en el conocimiento, siquiera modestamente, de nuestra historia contemporánea. Entendiendo siempre por esta el período comprendido por la República, la guerra civil y el franquismo.

El libro que ahora sale a la luz, SOBORNOS, es un intento de despejar una de las cuestiones que la historiografía pro-franquista no se ha atrevido nunca a indagar seriamente. Porqué España permaneció “neutral” durante la segunda guerra mundial. Obsérvese el entrecomillado.

Sobre el tema se ha escrito abundantemente. Todavía durante la guerra misma, y allá por 1944, la dictadura se preocupó de establecer un canon que después fue afinando, refinando y edulcorando sin pausa. Al hacerlo creó toda una serie de mitos que, más o menos adaptados, duran hasta nuestros días.

Los lectores de este blog recordarán que en la pasada temporada ya llamé la atención sobre el, por ahora, último producto de esa larga tradición. La hagiografía que sobre Franco y sus relaciones con Hitler publicó, hace ahora más o menos un año, uno de los grandes historiadores pro-franquistas todavía activos (afortunadamente para él y su familia), desaparecido ya Ricardo de la Cierva.

Cuando critiqué la obra del profesor Luis Suárez Fernández estaba lidiando con el libro que ahora empieza su andadura en las librerías. Confío en que merezca el favor del público. Me ha costado los proverbiales sangre, sudor, lágrimas y un montón de euros. Conviene recordar que la investigación en archivos puede ser muy interesante, muy atractiva y despertar felices sentimientos si acaba bien, pero es también siempre muy costosa.

SOBORNOS aborda un tema conocido en la literatura. Como suele ocurrir en la que se refiere a la posición de España en la segunda guerra mundial, esta literatura es más bien extranjera que española. Afortunadamente, en esta última ya hay notables excepciones.

En la primera mi libro es tributario de las aportaciones de, ante todo, Denis Smyth, Paul Preston y Richard Wigg. Entre los españoles hay menos pero sí destacan con luz propia Carlos Collado Seidel, Enrique Moradiellos, Manuel Ros Agudo, Javier Tusell y Emilio Sáenz-Francés. En cualquier caso no creo haber olvidado a ningún autor relevante. Si lo he hecho, presento desde aquí mis excusas. No oculto  que he dejado fuera a autores que no han aportado, en mi opinión, ningún conocimiento al tema en cuestión, pero siempre es posible que me haya olvidado de otro u otros.

La lista de libros y artículos que he manejado comprende, por lo menos, ciento treinta títulos amén de una treintena de naturaleza biográfica más veinticinco tomos de fuentes primarias publicadas y, sobre todo, una considerable documentación procedente de una decena de archivos, españoles y extranjeros. Manejar todo este volumen de fuentes, en media docena de idiomas, puedo asegurar que no ha sido fácil.

Lo que es rotundamente nuevo es la incorporación a la literatura de dos nuevos tipos de documentos: por un lado, los que el Gobierno británico desclasificó en 2013, hace ahora tres años, sobre una serie de detalles operativos de una actuación que se consideró tan supersecreta que se le aplicó un plazo de cierre de 70 años, es decir, muy elevado (aunque hay fondos que permanecen inaccesibles durante un siglo y otros, los menos, sin plazo previsto de apertura).  Por otro lado, fondos que aunque abiertos desde los años setenta no habían merecido, sorprendemente, la atención de ningún historiador, español o extranjero.

Dado que el conocimiento del pasado es contingente (depende de la accesibilidad de nuevas fuentes, de la aplicación de enfoques o paradigmas adecuados y del análisis y contextualización más amplios posibles) los historiadores solemos estar atentos a lo que se abre en los archivos, sobre todo en aquellos que siguen una política más o menos previsible. Los británicos son uno de ellos, como los franceses y los alemanes, de entre los países más relevantes para España de nuestro entorno. (No es el momento ahora de hablar de los norteamericanos, un caso un tanto especial).

Cuando en 2013 se desclasificaron varios legajos de documentos sobre la política británica hacia España en los años de la segunda guerra mundial, quien esto escribe vio el cielo abierto. La operación de compra de voluntades a militares y políticos españoles por los británicos, que había descubierto Denis Smyth hace ahora exactamente treinta años, quizá podría permitir identificar y aplicar nuevas perspectivas.

Y esto es lo que, con mejor o peor fortuna, he tratado de llevar a cabo en el nuevo libro.

Me apresuro a señalar que la operación que he bautizado como SOBORNOS (nunca se le dio una denominación específica, tan secreta fue) no se concibió nunca como la única actuación para evitar que Franco sucumbiera a la tentación de alinear su suerte con el Eje.

La literatura ha puesto de relieve otros factores que coadyuvaron a tal finalidad como, por ejemplo, las presiones políticas, diplomáticas, de propaganda y económico-comerciales (que ya empezamos a alumbrar en 1979). Ahora he añadido tres factores complementarios: la peculiar política de Hitler hacia Franco sometida a vaivenes constantes dentro de una cierta vacilación geoestratégica y geopolítica, las operaciones de espionaje e inteligencia en España (en lo que puede documentarse sobre ellas) y la planificación política contra Franco que desarrolló la más misteriosa y más secreta agencia creada por Churchill para reblandecer la moral enemiga (y para influir eventualmente en la española).

(Continuará)

(No quisiera terminar este post sin desear a los amables lectores la más feliz rentrée posible en una reanudación del curso político que se anuncia complicada. Espero que hayan tenido un feliz verano. En lo que a mi respecta lo he pasado -salvo una semana de vacaciones- trabajando en un nuevo proyecto que espero salga a la luz el año próximo).

Ahora que llega el 18 de julio vamos a contar mentiras, tralará (bis)

18 julio, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Quisiera empezar este post disculpándome ante mis lectores. Con él no termino la serie sobre Hitler, que dejo para la semana próxima. Lo pospongo por dos razones. En primer lugar porque se publica, excepcionalmente, un lunes coincidiendo con el 18 de julio, fecha convencional del estallido de la guerra civil hace hoy ochenta años. En segundo lugar porque acabo de darme cuenta de un episodio que me parece representativo de cómo algunos escriben “historia” o, al menos, sobre el pasado. En este caso, el profesor Stanley G. Payne. El titulo del post recuerda, vagamente, a la primera línea de una canción infantil en la que las liebres corren por el mar y las sardinas por el monte.

Estoy ojeando EL CAMINO AL 18 DE JULIO cuyo subtítulo reza, nada menos, LA EROSION DE LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA (DICIEMBRE DE 1935-JULIO DE 1936). Una conferencia con el mismo título, la primavera pasada, en el CESEDEN generó cierta controversia en la prensa y las redes sociales. Se reflejó incluso en este modesto blog.

No voy a hacer aquí ni una crítica ni una reseña del libro. Recientemente ha aparecido una muy elogiosa escrita en la REVISTA DE LIBROS. No estoy de acuerdo ni con ella ni con la orientación de la obra reseñada, pero de ello no quiero escribir. No es el momento ni el lugar.

He tenido ocasión de cruzar espadas con Payne. Por ejemplo, en mi libro LA OTRA CARA DEL CAUDILLO mostré su indigencia investigadora. Lo he hecho también, en este blog, en relación con su tratamiento del bombardeo de Guernica. Indignado por su biografía de Franco (escrita con un periodista de pasado dudoso) dirigí un número extraordinario de la revista académica digital HISPANIA NOVA en el que un grupo de historiadores españoles pusimos al descubierto algunas de las características metodológicas del tan alabado autor norteamericano (los lectores que quieran ojear el número pueden encontrarlo en la red).

Así, pues, no me sorprende mucho la obra de Payne. Sin embargo, al ojearla me he encontrado con un caso de desfachatez tal que me veo obligado a ponerlo en la picota públicamente. No espero que responda porque, en realidad, no tiene respuesta posible. Pero sí lo aireo como aviso a navegantes.

Para ahorrar a los lectores los 19,90 euros que cuesta el libro según su precio de tapa reproduzco lo que escribe el autor en las páginas 290 y 291. En itálicas transcribo lo que resulta totalmente inadmisible.

“Mola no emprendió ninguna iniciativa seria para ganar un apoyo extranjero, aunque, como hemos dicho, Sanjurjo había viajado a Berlín en marzo en busca de armas, sin éxito, y en junio los monárquicos trataron, igualmente sin éxito, de reabrir las relaciones que habían establecido con el Gobierno italiano tres años antes”.

Esta frase lleva una nota al pie que dice así:

Al comienzo de 1933, una iniciativa conjunta de monárquicos alfonsinos y carlistas habían (sic) firmado un acuerdo con Roma que prometió una ayuda italiana limitada por (sic) una rebelión armada contra el régimen republicano, que después pasó a ser letra muerta. En junio de 1936, los monárquicos del grupo Renovación Española, que mantenían una conspiración paralela con elementos de la UME, trataron de ganar apoyo financiero de Roma, mientras reanudaban la petición de armas”.

Se añaden dos referencias: una a Ismael Saz y su clásica obra y otra a la  contribución de servidor al libro dirigido por el profesor Francisco Sánchez Pérez, LOS MITOS DEL 18 DE JULIO.

El lector no advertido no se dará cuenta de lo que va en itálicas constituye una superchería. No ha tenido inconveniente en tergivesar todo lo posible en relación con un tema que ha hecho correr ríos de tinta. Las siguientes observaciones son las mínimas:

1ª Los contactos entre conspiradores españoles y fascistas italianos se remontan, por lo menos, a 1932 (incluso hay indicios de que a Roma se comunicó algo acerca de la preparación de la “Sanjurjada”) pero políticos muy significativos empezaron su peregrinaje hacia la capital del fascismo ya en el otoño. No para tomar el té. Con galletas o sin ellas.

200px-Antonio_goicoechea22ª Como resultado de estos contactos, que fueron intensificándose y densificándose en los meses siguientes, se llegó al acuerdo con Mussolini de 31 de marzo de 1934 (no de 1933). Documentación al respecto, que guardó para sí Antonio Goicoechea, número dos de José Calvo-Sotelo, la encontraron las milicias en su casa madrileña en plena guerra civil. Esta vergonzante faceta de la conspiración quedó expuesta a la luz del sol. Ha generado numerosos artículos y comentarios.

3ª Obsérvese que el acuerdo se concluyó no cuando gobernaba una coalición de izquierdas sino un gobierno radical, dependiente de la buena voluntad de la CEDA (aunque no sin contraprestaciones).

4ª El acuerdo, muy amplio, no se llevó a la práctica totalmente pero oficiales requetés se entrenaron en Italia. Hubo sus más y sus menos en cuanto al suministro de cierto material (bombas de mano, fusiles y ametralladoras, todos viejos salvo las primeras) y una sustancial ayuda económica. Los detalles pueden seguirse en Morten Heiberg (EMPERADORES DEL MEDITERRANEO) y en José Ángel Sánchez Asiaín (LA FINANCIACIÓN DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA). Ninguno de tales autores figura en la bibliografía de Payne. Los contactos con Italia se examinan incrustados en la estrategia y táctica de los monárquicos en aquellos años en el libro de Eduardo González Calleja CONTRARREVOLUCIONARIOS, que Payne cita en su bibliografía, pero a quien se le olvida mencionar en este aspecto.

5ª Todo lo que antecede podría atribuirse a una redacción apresurada. El autor siempre argumentará que no es posible citar toda la literatura disponible y que, en todo caso, es muy libre de elegir la que le parezca más conveniente. En principio, no hay mucho que objetar aunque omitir literatura directamente relevante es, por definición, un tanto sospechoso.

6ª Otra cosa es tergiversar descaradamente. El tema que Payne oculta cuidadosa y meditadamente es que los monárquicos TUVIERON UN ÉXITO ROTUNDO. El 1º de julio de 1936 Pedro Sainz Rodríguez, número tres de Calvo Sotelo, firmó cuatro contratos para el suministro de material de Aviación muy moderno. Los italianos se comprometieron a entregar una primera tacada en el curso del mes (como hicieron) y el resto en agosto. Payne lo elude al afirmar simplemente, ¡qué pillín!, que los monárquicos reanudaron “la petición de armas”. No eran las mismas. Ametralladoras no equivalen a aviones de guerra modernos.

Bundesarchiv_Bild_102-09844,_Mussolini_in_Mailand7ª Los monárquicos tampoco reabrieron las negociaciones porque los contactos nunca se cortaron. Fue Mussolini quien, en el terremoto político-diplomático que causó su invasión de Abisinia, se concentró en otro tema para él más importante. En cuanto amainaron las aguas, Goicoechea se puso en contacto con Roma, en representación también de Falange, para informar de la  situación española y, a la par, solicitar apoyo financiero con que pagar los sueldecillos de los “grupos de acción directa”, léase pistoleros falangistas. Tan distinguido prócer lo planteó el 12 de junio poco antes de que su líder, José Calvo Sotelo, tronaba en Cortes contra la desintegración de la PATRIA y se proclamaba fascista gallardamente. La carta de Goicoechea, reproducida también por Sánchez Asiain, a la que el nuevo ministro de Asuntos Exteriores y yerno de Mussolini nombrado días antes, conde Galeazzo Ciano, no parece que prestara mucha atención, la comentó extensamente el profesor Ismael Saz. Payne los ningunea con exquisito celo. No cabría negar que se trata de un historiador inclinado a la sutileza en casos delicados.

Todo lo que antece le sirve a nuestro ejemplar autor,  con esa luz cegadora tan suya que deslumbra a algunos colegas españoles, para eliminar de un plumazo lo que debería ser un estigma permanente de la levantisca derecha de la época. Antes del golpe no fueron los comunistas los que pidieron auxilio a la Komintern; no fueron los soviéticos los que suministraron armas a los “revolucionarios” (a pesar de los camelos acumulados de Félix Maiz, o de Botín, o del Servicio Histórico Militar, etc., ya indicados en este blog); tampoco mendigaron armas los socialistas o los anarquistas; ni siquiera las solicitó el gobierno republicano, reconocido internacionalmente, a ninguna autoridad extranjera, aunque hubiese estado en su perfecto derecho a tenor de la legalidad vigente en la época. Quienes sí complotaron con éxito completo fueron los monárquicos, con algún que otro militar a rastras, y lo hicieron, fascistizados como estaban, a la potencia en la que muchos de ellos se miraban embelesados.

Este tipo de conclusiones es lo que el profesor Payne no quiere que extraigan sus lectores. No pongo calificativos pero he acudido al DRAE en busca de definiciones. Que quien lea este post leerá en él, a título de ejemplo, dos vocablos que justifican el recurso a la cancioncilla infantil:

MENTIROSO: que miente

MENTIRA: expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente; cosa que no es verdad; acción de mentir

Moraleja: es difícil pescar liebres y cazar sardinas y antes se coje a un mentiroso que a un cojo.

Laus Deo.

Alfred Rosenberg y temas españoles (y II)

31 mayo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los diarios de Rosenberg también permiten especular sobre un tema delicado. No sé si algún historiador se habrá dado cuenta de la posible significación de una de sus no muy numerosas anotaciones en las que menciona a España y a los españoles.

Bundesarchiv_Bild_183-1985-0723-500,_Alfred_RosenbergEn el post precedente cité a Rosenberg en 1940 afirmando que había tenido un encuentro con José Antonio Primo de Rivera. El único que menciona en sus diarios se halla en la entrada correspondiente al 23 de agosto de 1936. En ella alude a que el general Franco no quería saber nada de antisemitismo (otros generales, por ejemplo, Queipo de Llano) y numerosos publicistas (como ha recordado Paul Preston en  El holocausto español) sí. Es más lo defendieron explícitamente (un aspecto que, naturalmente, hoy ciertos autores pro-franquistas quieren olvidar en todo lo posible). La explicación de Rosenberg sobre la conducta de Franco fue de las de nota: tendría respeto a “sus” judíos marroquíes y no había comprendido que la abominable raza se estaba vengando de Isabel y Fernando (aquéllos de la canción falangista del “espíritu impera”.

En aquel contexto Rosenberg escribió:  “Hace un año el joven Primo de Rivera vino a visitarme. Un tipo inteligente y claro: católico (pero no clerical); nacionalista (pero no dinástico). Tampoco él se pronunció sobre la cuestión judía”.

En esta, al parecer, inocua e incluso elogiosa referencia hay un dato que me ha sorprendido. Si el engolado ideólogo nazi y el joven jefe de Falange se vieron en 1935, ¿dónde habría sido?. Como de Rosenberg no consta que viniera a España en este año, se verían o bien en Alemania o en otro país. Sin embargo, cuando preparé mi tesis doctoral ya recalqué que de la única visita de Primo de Rivera al Tercer Reich de la que hay (o encontré) constancia en los archivos alemanas tuvo lugar en marzo de 1934.

Dos posibilidades: o bien Rosenberg se equivocó de año (lo cual es muy posible) o bien la visita del líder falangista  fue secreta. Y esto me escama. No hay que olvidar que solía ir a París a recoger a la embajada italiana la subvención mensual que le pasaban los fascistas italianos y que, naturalmente, ningún historiador falangista o profalangista había tenido a bien documentar. ¿Habría mantenido  Primo de Rivera contactos ocultos de tal tenor, o similares, con los dirigentes nazis? No especulo. Pregunto. A una gran parte de la derecha española el Tercer Reich le encandilaba. Todavía no se han documentado muchas de las visitas que, por ejemplo, líderes monárquicos, aunque de segunda fila, hicieron a la nueva Meca del antibolchevismo militante.

Otras referencias de Rosenberg a temas españoles no tienen tanto morbo. Quizá la que más destaque, en mi opinión, es la entrada del 26 de septiembre de 1936. En ella señaló que la víspera había regresado a Berlín el corresponsal del Völkischer Beobachter (cabecera del partido nazi) Ronald von Strunck. Llevaba un informe urgente. Robert H. Whealey ya llamó la atención sobre este periodista cuyas misiones en España, aparte de las periodísticas, están envueltas en un cierto misterio. No llegaré a decir que era el equivalente nazi del periodista soviético Koltsov (corresponsal de Pravda) pero, en realidad, no lo sabemos. Tal informe, por ejemplo, no lo encontré pero a lo mejor ya ha aflorado en algún libro del que no tengo noticia.

El hecho es que el asesino consumado que fue Rosenberg se espantó (tan delicado que era) de los relatos que le hizo von Strunck. “Ha sido testigo de terribles mutilaciones a los nacionales, a veces en formas que revelan patologías sexuales imposibles de describir”. Se le cayó el alma a los piés, sin duda, al escribir que “el estado en el que se ha encontrado a las monjas asesinadas es terrible. Y resulta difícil hacerse una idea del modo en que se han profanado los altares…”

¿Moraleja? Los nazis no harían eso. Por supuesto, tampoco los “nacionales”.  Si Rosenberg llegó a leer los informes del representante en España del Ejército de Tierra alemán, teniente coronel barón Hans von Funck, se habría llevado alguna sorpresa. También lo hacían los últimos, precisamente tras la toma de Toledo, operación que el corresponsal alemán había seguido antes de regresar rápidamente a Berlín por unos cortos días.  Von Funck pensó, ingenuo él que había vivido la guerra en el frente francés, que los soldados alemanes se desmoralizarían viendo semejantes salvajadas, cometidas por Dios y por la Patria. No anticipaba los horrores en los territorios del Este en los que Rosenberg tuvo tanto que decir pocos años más tarde.

De la forma en que von Strunck veía la guerra da cuenta su creencia de que los generales obtendrían la victoria y que el conflicto se resolvería en unos dos meses más. Curiosamente, esa misma impresión es la que dominaba en Moscú y la que tenía el presidente Azaña. La República estaba con el agua al cuello.

Rosenberg procuró adelantarse a los acontecimientos. El corresponsal  del Völkischer Beobachter debía explicar a Franco y a los líderes falangistas que en cuanto alcanzaran la victoria la Iglesia católica se apresuraría a lanzar “una salvaje campaña de difamación contra nosotros, la “Alemania pagana” “. Ya entonces  anunció que los nazis reconocían el catolicismo como religión del pueblo español y nadie deseaba inmiscuirse en ese terreno.

Es una de las pocas cosas en que Rosenberg demostró cierta intuición. También en el cuadro estratégico que hoy todavía no penetra en cierta literatura pro-franquista.  Lo reproduzco con sus propias palabras: “Una España aliada de Alemania significaría, a ojos de París, el desgarro de un flanco que siempre ha considerado seguro. Para Inglaterra supondría la posibilidad de que a las espaldas de Gibraltar gobernase en estas circunstancias un amigo de Italia”. Las consecuencias que de ello extrajo fueron muy erróneas: “Los franceses y los ingleses harán todo cuanto esté en sus manos para, al menos, convertir a Cataluña en un estado de contención”. Rien de rien.

Rosenberg era entonces el director de la Oficina de Política Exterior del partido nazi (APA) y se encontraba en una relación de fuerte competencia, típica de la organización del Estado hitleriano, con el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Auslandsorganisation (AO) u Organización para el Exterior del partido  -que fue el canal por el cual los emisarios de Franco llegaron a Hitler en julio de 1936- y los agentes de von Ribbentrop, convertido en asesor aúlico de Hitler en materia de política internacional.

A juzgar por lo que en sus diarios escribió sobre la escena exterior Rosenberg no era un genio. Su destino apuntaba a otras latitudes. Por lo demás, mucho antes de ser ministro ya tenía una categoría igual a las eminencias que formaron el Gobierno nazi pero que Hitler no reunía en Consejo de Ministros.

Rosenberg conoció al pelota Johannes Bernhardt. Era el hombre de Göring en España y director de la HISMA. Se convirtió en la cabeza visible de los esfuerzos nazis por penetrar en las fuentes de la riqueza mineral española. Ya había asentado un sistema “moderno”, explotador, de trueque comercial que implicaba la parca utilización de divisas escasas.  Con la bendición, lógicamente, de Franco, que nunca pudo superar su dependencia estructural de los suministros bélicos del Tercer Reich. Pues bien, según la entrada del 27 de noviembre de 1936, Bernhardt sugirió  que convendría traducir al español la segunda biblia nazi, El mito del siglo XX. Rosenberg dijo que no, que todavía era pronto para distribuir su opus magnum en el extranjero, aunque podría pensarse en traducirlo por si había que hacer uso de él rápidamente. Como es natural se tradujo y hoy está incluso disponible en internet, con descarga gratis y todo. Para interesados por las catacumbas intelectuales del Imperio de los mil años.

Alfred Rosenberg y temas españoles (I)

24 mayo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

La editorial Crítica tuvo la amabilidad de enviarme hace algunos meses un ejemplar de los diarios de Alfred Rosenberg que publicó el año pasado. Reconozco que me ha costado trabajo echarle un vistazo. Rosenberg fue, junto con von Ribbentrop, uno de los personajes más repelentes del nacionalsocialismo. No es que este sistema se caracterizase por una élite amable. Asesinos monstruosos, sicópatas, borrachos, gánsteres de todo tipo abundaron en sus filas. Sin embargo, Rosenberg nunca se quedó atrás. Los vencedores lo ahorcaron tras el juicio a los grandes criminales de guerra en Nuremberg.

portada_alfred-rosenberg-diarios-1934-1944_jurgen-matthaus_201506011615Quizá por deformación profesional lo primero que he ojeado en los diarios es si hay referencias a temas españoles. Como es notorio, la dictadura franquista tuvo una especial relación con la Alemania nazi. De esta relación no todo se ha contado por falta de documentación relevante. Esta carencia es particularmente importante en ciertos aspectos sobre los cuales franquistas y neofranquistas han tendido a echar un velo pudoroso. ¿Dónde están, por ejemplo, las evidencias que demuestren las manifestaciones de la cooperación operativa entre las fuerzas represivas de la dictadura nazi y sus equivalentes de la española? Es obvio que debieron existir pero nadie las ha encontrado. Una casualidad.

Cuando en Alemania preparaba mi ya lejana tesis doctoral, aparte de consultar  Mein Kampf y el segundo libro de Hitler, eché un vistazo a la obra cumbre de Rosenberg, El mito del siglo XX. Si se me permite la expresión coloquial, un pestiño de mucho cuidado, difícil de leer, incoherente y a veces incomprensible, una entremezcla amarañada de estupideces, antisemitismo primario y “reflexiones” que pretendían continuar en el sendero de la obra de un pensador racista inglés H. S. Chamberlain, “El mito del siglo XIX”. Desde entonces reconozco que tengo una aversión particular a Rosenberg.

Hay de él una biografía muy voluminosa escrita por Ernst Piper, hijo del famoso editor del mismo apellido, que a lo que parece agotó, más o menos, el tema. Confieso no haberla leído pero dado que Rosenberg fue uno de los pilares de la creencia nazi en una especie de religión de la sangre, que fue uno de los impulsores “intelectuales” de la Shoah y que además se empapó las manos en el horror como ministro a cargo de los territorios ocupados en el Este (amén de depredador consumado de cuantiosas riquezas artísticas), me parece muy adecuado que los diarios aparezcan ahora en versión castellana. Al fin y al cabo, en estos lares hay todavía excolaboradores del extinto CEDADE que campan por sus respetos como “historiadores” y que ya se han olvidado del pasado y/o de su pasado neonazi.

Rosenberg, aparte de antisemita furibundo, era profundamente anticatólico. No deja de tener su morbo que en los albores de la dictadura española hubiese falangistas (siempre tan modernos) que se confiaran a él mostrando su disconformidad con el tradicional dominio clerical en nuestro país.

En este sentido recomiendo la lectura de la entrada en los diarios correspondiente al 7 de octubre de 1938. Fue un momento interesante porque los franquistas estaban a punto de ganar la batalla del Ebro, Franco se había bajado literalmente los pantalones ante los nazis en demanda de más aviones, más armas, más municiones, !hasta pólvora!, y los alemanes se hacían los locos e insistían en que tenía que aceptar las solapadas inversiones en minas que ya habían efectuado mediante testaferros pero en contravención de las disposiciones “legales” vigentes. Un capitulito de las relaciones hispano-alemanas que, desde siempre, los historiadores pro-franquistas han distorsionado cuidadosamente.

Pues bien, en aquellos momentos visitó a Rosenberg un líder falangista no identificado. No sería difícil hacerlo acudiendo a la prensa de la época. Seguro que mencionaron su nombre. Naturalmente este probo falangista hizo la pelota al líder nazi. También dijo que el futuro de Falange descansaba en los obreros muchas de cuyas reivindicaciones podía aceptar.  Ya se sabe: “la revolución pendiente”. Rosenberg se puso muy contento: la mezcla de nacionalismo y socialismo era el futuro. Con todo, no se recató de responder que las tradiciones alemanas tenían implicaciones muy diferentes a las españolas y que los nazis no querían ejercer influencia en estas últimas. Pero como en España siempre ha habido más papistas que el Papa o, en este caso, más nazis que los nazis mismos, el prohombre falangista soltó la idea de que el Papa (a la sazón Pio XI) era un viejo rojo-liberal y que lideraba una Internacional como la de los masones y los marxistas. La Falange, continuó, era católica pero no tenía la intención de someterse al papa de Roma. ¡Faltaría más!

Las estupideces de Rosenberg no merecen reproducirse en este blog (los lectores pueden consultar el libro en cualquier momento) pero el engolado dirigente nazi no olvidó el tema. En la entrada del 16 de septiembre de 1940 recogió algunos rasgos de una conversación que había tenido con Hitler. Era un momento en el que se esperaba la visita de Serrano Suñer en Alemania. Se trataba de la primera ocasión en la que el todavía ministro de la Gobernación (que obviamente tenía a sus órdenes a los policías que con entusiasmo suponemos delirante se dedicaban a cooperar con la Gestapo y las SS) visitaría el Tercer Reich, algo por lo que había suspirado un par de meses antes aun cuando fuese en secreto (en mi próximo libro abordaré el contexto que no fue como muchos historiadores pro-franquistas y pro-serranistas han descrito).

Rosenberg preguntó a Wilhelm Frick, la contraparte nazi de Serrano, cómo era el ministro español. Frick (compañero de horca Rosenberg en 1946) respondió que había tenido una educación jesuita. No lo sé. Serrano pasó su niñez en Castellón pero en ninguna de las biografías que de él tengo aparece a qué colegio fue). Entonces Rosenberg adujo que un falangista le había escrito durante la guerra civil diciéndole que por orden de Serrano le habían detenido por tener sus obras en casa. Hitler se echó a reir. “!Ah!, sus escritos!”, exclamó.

Rosenberg debió de sentirse picado y replicó que él siempre se había entendido muy bien con José Antonio Primo de Rivera. Habían mantenido una conversación en la que había dicho a este último que el Tercer Reich no quería entrometerse en asuntos religiosos españoles. A Primo la idea le pareció excelente pero subrayó que el Papa era semejante a un líder masón y que España elegiría el suyo propio. ¡Caramba! Reconozco que es una veta del fundador de Falange que, en mi ignorancia, no conocía. Al menos no la encontré cuando ojeaba sus a veces incomprensibles escritos. Ello dio pie a Hitler a afirmar que sería muy deseable que todos los Estados católicos lo hicieran también. Sin duda, aparte de su anticatolicismo profundo, tenía muy en cuenta sus querellas con la Iglesia católica e incluso con la evangélica (la “Bekennende Kirche”, BK)  que habían llevado a que los nazis favorecieran en todo lo posible un previo “movimiento” denominado de “cristianos alemanes” (“deutsche Christen”).

Hay que recordar que la BK se había fundado en 1934 y que se consideraba como la auténtica Iglesia evangélica. En ella militaron figuras de gran relevancia histórica y teológica como los pastores Martin Niemöller y Dietrich Bonhoeffer (asesinado en un campo de concentración poco antes de que terminara la guerra en Europa). Los “cristianos alemanes”, más nazis que cristianos, trataron de hacer la “machada” de conciliar una especie de “cristianismo” a su medida con los preceptos racistas oficiales. No lograron demasiado éxito, a pesar de todas las ayudas que recibieron. Alguno de los personajes nazis con más influencia en la España de Franco participó de esta mezcolanza contra natura, lo cual no impidió que su esquela lo silenciase cuidadosamente. Ya se habría, supongo, reconciliado con la Iglesia católica. Cosas que pasan.

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (y X) Conclusión: ¿sandeces? No. ¡Proyección y lagunas!

16 mayo, 2016 at 8:27 am

Ángel Viñas

A lo largo de los últimos dos meses los posts anteriores a este han reflejado, todo lo fielmente que es posible en escritos breves de tales características, el núcleo de las justificaciones que eminentes representantes del bando vencedor utilizaron para, ante Dios y ante la Historia, convencer de la imperiosa necesidad de la sublevación a las generaciones que la organizaron o padecieron y a las que vinieron después.  Tales representantes empezaron con la traca correspondiente (cortesía en general de la trama civil) antes de dicha felonía. La reelaboraron en los primeros años de la dictadura gracias a la ayuda de propagandistas de medio pelo y de los especialistas del Servicio Histórico Militar. La ampliaron por la vía de testigos tan ensalzados como Félix Maiz y Bolín. Basaron en ella la “legitimidad” de origen de la dictadura. Todavía hoy la defienden, en parte o en casi todo, algunos historiadores insensibles al desaliento.

800px-Berliner_Illustrirte_Zeitung_01La tentación de caracterizar tal traca de mera sarta de sandeces es grande. Pero constituiría un error garrafal e históricamente inadmisible. Desempeñó un papel absolutamente esencial: el de justificar lo injustificable y el de constituir la base de un corpus de doctrina que duró tanto como la dictadura. La traca de entonces sigue arrojando sombras sobre la España democrática y, en especial, sobre la enseñanza de la historia contemporánea. Es necesario profundizar algo más en lo que representa.

En primer lugar, es la traducción operativa de un mero ejercicio de proyección. Es decir, la imputación al otro de la conducta propia. Como esta fue execrable se la endilgaron a los adversarios. Sin embargo, no fueron los “rojos” (republicanos burgueses, socialistas, anarquistas, comunistas) quienes complotaron con una potencia extranjera (la URSS) para hacer la revolución y asentar una dictadura. Fueron los monárquicos quienes lo hicieron para facilitar la contrarrevolución y restaurar la Monarquía merced a la intensificación de sus lazos con la Italia fascista  que desembocaron en los “contratos romanos” para el suministro de material de guerra moderno el 1º de julio de 1936.

Fueron los carlistas quienes, temporalmente, se aliaron con los anteriores aunque luego tuvieran un pequeño zipizape por cuestión de enseñas, símbolos y, más importante,  por la determinación de quien se llevaría el gato al agua en la ansiada restauración monárquica.

Fueron los falangistas quienes, financiados por el dinero fascista, se prestaron a servir de pistoleros en remedo de los grupos de acción directa que tan útiles fueron a Mussolini en su camino hacia el poder.

Fueron los representantes más acrisolados de la oligarquía financiera, encabezados por Juan March, quienes aparte de poner a salvo una gran parte de sus dineritos en bancos franceses, ingleses, alemanes y suizos, no dudaron en añadir su ayudita financiera para la creación de un “estado de necesidad” que en último término justificase la sublevación.

Fueron distinguidos militares como el general Sanjurjo y el teniente coronel Beigbeder quienes, sin demasiado éxito, aspiraron a ampliar su red de contactos internacionales en la Alemania nazi.
En segundo lugar, abultar gracias a los diaristas o testigos la importancia del general Mola como cerebro de la conspiración ha permitido que otros conspiradores pasaran a un segundo o tercer plano. Ante todo Franco. Ciertamente iluminar sus maniobras en Canarias es difícil, aunque no imposible. Ya se preocupó él, con el vital apoyo de su ayudante, el entonces teniente coronel Francisco Franco Salgado-Araujo, de dejar el menor rastro posible. Pero como su primo hermano fue un embustero consumado (no hay mejor mentira que la que se basa lo más posible en la verdad pero la modifica en puntos estratégicos) no podemos tomar como palabra de Evangelio las muchas páginas que escribió para ocultar o distorsionar aspectos críticos. (Tampoco, incidentalmente, las memorias de Pedro Sainz Rodríguez o del señor marqués de Luca de Tena o de su hijo).

Franco Salgado-Araujo se vio apoyado por el silencio de otros. ¿Conoce algún lector memorias del general Orgaz? ¿O de un diplomático escurridizo y venal como el futuro embajador José Antonio Sangróniz, para más inri miembro distinguido de la Real Academia de la Historia? ¿Y qué decir de los papeles de Mola, desaparecidos misteriosamente? ¿O los de Yagüe, que eluden todo lo relativo a la conspiración?

¿Dio Mola, por ejemplo, instrucciones para aplicar en los consejos de guerra (“quien no esté con nosotros, está contra nosotros”) la espuria interpretación de la Ley Constitutiva del Ejército? ¿O descendió el arcángel San Gabriel sobre los jurídicos militares y se la insufló? ¿Acaso flotaba la idea en el ambiente cual libélula mágica? ¿Escribieron algo personajes importantes en la época como Felipe Acedo Colunga, Lorenzo Martínez Fuset o Blas Pérez González? ¿Dónde están sus papeles si conservaron algunos? Lagunas. Lagunas. ¿Cabe, por ventura, fiarse de las del posterior preceptor del príncipe Juan Carlos, el también jurídico militar Eugenio Vegas Latapié?

En tercer lugar, dado que los nazis justificaron el incendio del Reichstag inducido por los comunistas con la localización de inmensas cantidades de documentación que “probaba” que  estaban a punto de propiciar una revolución, ¿quién o quiénes sirvieron de canal para transmitir tal idea a los conspiradores españoles, algo menos sofisticados? ¿Periodistas imaginativos que visitaron Berlín? ¿El nazificado corresponsal de ABC en la capital del Tercer Reich, tal vez a sueldo del Ministerio de Cultura Popular y Propaganda?  Más lagunas…

En una conspiración, se conspira. Sobre todo si es fácil y no hay que movilizar grandes recursos financieros (salvo para adquirir armas extranjeras).  Al escribir su historia, los autores franquistas o neofranquistas mienten. Es una constante que ya empezó con Arrarás y que continúa impoluta, aunque adaptada, hasta los momentos actuales. ¿Sabe alguien de los descubrimientos genuinos que sobre la conspiración haya hecho, por ejemplo, el profesor Payne? ¿O el profesor Suárez Fernández? ¿O el difunto profesor de la Cierva y Hoces?

¿Conoce algún lector si, por casualidad, la familia Franco sigue teniendo papeles de su tan enaltecido ascendiente que arrojen luz nueva sobre su ascenso al poder? Porque, ciertamente, no es un tema baladí. Lo dejó sembrado de cadáveres cuya sombra sigue planeando sobre la sociedad española, escindida entre la que prefiere no recordar y la que desea saber. Mientras tanto, la mitología subsiste. La verdad rankiana se oculta y los historiadores neo-franquistas proclaman, implícitamente, que ya se conoce toda la historia y, ¡ay de quien se atreva a desenterrar entuertos y, sobre todo, muertos!

Confío en que la pequeña serie de posts que con este termina haya sido de interés para los lectores. Y también confío en que algún historiador neo o parafranquista se digne seguir “descubriendo” cosas todavía ocultas que den la razón a Félix Maiz o a Bolín o a Arrarás o a Aznar o a Lojendio. O al SHM.

 

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (IX). Condenas “con arreglo a Derecho”

10 mayo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para nuestros propósitos no es la violencia salvaje de los sublevados la más interesante, aun cuando fuese la más terrorífica y letal. Desde el punto de vista de las “justificaciones ” hemos de dar la primacía a aquéllas que se fundaron sobre un bastardeado basamento “jurídico”. Algunos ejemplos permiten identificar los puntos esenciales de la argumentación esgrimida por los juristas militares.

frente popularEmpezaré con las enrevesadas cogitaciones del fiscal militar en uno de los consejos de guerra que he estudiado. Fue del tenor siguiente:

“A partir de la fecha en que por consecuencia de las elecciones celebradas en España en febrero del pasado año de 1936 triunfó y se erigió en conductor de los destinos de nuestra Patria el funesto Frente Popular, fue desarrollándose un estado de indisciplina y subversión tal que, luego, con el franco dominio en las calles del terrorismo y tendencia anarquizante de determinados elementos obreristas, dio lugar en 18 de julio a la declaración del estado de guerra (…) para oponer un dique a la labor demoledora de los que por su actuación estaban ya declarados por la conciencia nacional como enemigos de la Patria; y ello, en uso de las atribuciones que al Ejército concede su Ley Constitutiva que le impone la obligación en todo momento de defender a la Patria contra enemigos interiores y exteriores…”

Como se observa el “refugio jurídico” es evidente. También se encuentra en otra de las sentencias analizadas por el profesor Glicerio Sánchez Recio (recomiendo a tal efecto a los lectores el libro que ha coeditado con el profesor Roque Moreno Fonseret Aniquilación de la República y castigo a la lealtad, en las publicaciones de la Universidad de Alicante).

“Considerando que, al asumir las autoridades representativas del Ejército Español el día 17 de julio de 1936 los legítimos poderes de la Nación para, por imperativo mandato de la Ley Constitutiva, defenderla de sus enemigos exteriores e interiores, personificados entonces por los componentes del llamado Frente Popular que detentaban el gobierno de España, y nacido así el nuevo Estado Nacional, la oposición armada al mismo integra un delito de rebelión militar…”

Lo dicho: quienes se rebelaron no lo hicieron. Los rebeldes fueron los que no se rebelaron. Uno se pregunta por qué ochenta años más tarde no ha habido todavía ningún Gobierno o ningún Parlamento en la democracia que se hayan atrevido a plantear la corrección de estas burradas jurídicas, que llevaron a la muerte a miles de españoles.

También tiene gracia la siguiente modélica argumentación que figura en una sentencia pronunciada en Medina del Campo (Valladolid):

“… Desde el momento en que el Ejército se alzó en armas el 17 de julio último, adquirió de hecho y de derecho el poder legítimo, lo mismo en su origen que en su ejercicio y, por consiguiente, convierte en rebeldes a todos los que a dicho movimiento se oponen…”

O esta justificación tan bonita:

“Ante la conculcación de las esencias institucionales del Estado Español por parte de las organizaciones y elementos que formaron el Frente Popular para, desde el poder, subvertir los principios jurídicos en que se cimenta la Sociedad Española; ante los atentados de integridad y fundamentos de la Patria; la alta y encubierta delincuencia y la disolución de las normas indispensables de conveniencia nacional, en los días 17 y 18 de julio de 1936, mediante las elevadas jerarquías que, conscientes de su responsabilidad y sagrados deberes para con la Patria, obraron a impulsos del imperativo Nacional, recogió y asumió todos los poderes que integran la soberanía para defender aquellas esencias de la Patria y oponerse a la actuación que, llamada gubernamental, utilizaban los órganos del Estado para procurar su propia destrucción”.

En tales condiciones no extraña nada que

“al asumir la institución Ejército, siquiera circunstancialmente (sic), los poderes que integran la soberanía del Estado, lo hacía en ejecución del deber que le impone su Ley Constitutiva de 29 de noviembre de 1878, de sostener la independencia de la Patria y defenderla de enemigos exteriores e interiores, por lo que, dada la legitimidad que pudiera llamada (sic) sagrada de aquella arrogación de poderes, el alzamiento en armas contra estos, ya ostentados por el Ejército, constituye el delito de rebelión definido en el artículo 237 del Código de Justicia Militar…”

Y así, con la conciencia tranquila, los militares, bien parapetados tras “su” Derecho mandaron a decenas, centenares y millares de “rebeldes” al pelotón de ejecución. Todo, naturalmente, para salvar a la PATRIA.

Pero esto fue en la guerra civil. Ya próxima la VICTORIA había que justificar ante Dios y ante el mundo lo bien fundado de la sublevación. ¿Quién leía, por ejemplo, en el extranjero los considerandos de las sentencias de los consejos de guerra? Tampoco es que los publicara, para ejemplo, la prensa yugulada por la censura militar.

Por ello la importancia sobresaliente del Dictamen de la comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936. Fue producto de los quebraderos de cabeza y sesudas discusiones de una comisión establecida por Orden del Ministerio del Interior de 21 de diciembre de 1938 (el abnegado ministro que de ello se preocupó fue Ramón Serrano Suñer, eminente abogado del Estado y cuñado del Generalísimo Francisco Franco). La comisión lo emitió el 15 de febrero de 1939. Sus conclusiones eran las esperadas. ¡No iban a cargarse la justicia y el derecho que tanto habían sobresalido entre las filas de los vencedores!.

Dos de las conclusiones son las que nos interesan destacar aquí. Una señalaba que, desde el 19 de febrero de 1936, el Estado español se transformó “de Estado normal y civilizado en instrumento sectario puesto al servicio de la violencia y el crimen”. ¡Casi nada! En consecuencia, a tenor de la segunda conclusión, “el Glorioso Alzamiento Nacional no puede ser calificado, en ningún caso, de rebeldía, en el sentido jurídico penal de esta palabra, representando por el contrario una suprema apelación a resortes legales de fuerza que encerraban el medio único de restablecer la moral y el derecho, desconocidos y con reiteración violados”.

Así que todos contentos. Los vencedores habían actuado, realmente, como mandaban la Moral y el Derecho. Sin separarse un milímetro de sus estrictos condicionantes.

¡Ah! se me olvidaba. En las páginas 67 y 68 del Dictamen los dilectos varones que lo escribieron introdujeron, quizá de motu propio, una información tomada de un documento que había presentado el Gobierno portugués al Comité de No Intervención de Londres. De este documento se desprendía con toda claridad una serie de datos reproducidos a continuación:

“1.º Que el 27 de febrero de 1936, es decir a los ocho días de subir al Poder el “Frente Popular”, el Komintern de Moscú decretaba la inmediata ejecución de un plan revolucionario español y su financiamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas.

2.º Que el 16 de mayo siguiente, representantes autorizados de la URSS se reunían en Valencia en la Casa del Pueblo con representantes también autorizados de la III Internacional y adoptaban el acuerdo siguiente: “Encargar a uno de los sectores de Madrid, designado con el número 25, de eliminar a las personalidades políticas y militares destinadas a jugar un papel interesante en la contrarrevolución”.

3.º Que a los mismos efectos, Rusia, en donde desde largo tiempo existía, en un museo de Moscú, una sala especial dedicada a la futura revolución comunista española y que tenía creada en España una vasta organización abundamentemente provista de medios de propaganda y de acción, había enviado a España dos técnicos que son, al mismo tiempo, revolucionarios conocidos: Bela Kun y Zosowiski, con el encargo de realizar inmediatamente los objetivos sigientes que coinciden en sus finalidades y carácter con lo hecho en Asturias en 1934 (sic):

a) Obligar al Presidente de la República a renunciar a su cargo.

b) Establecer un Gobierno dictatorial obrero y campesino.

c) Proceder a la confiscación de tierras y nacionalización de bancos, minas, fábricas y ferrocarriles.

d) Exterminar a los pequeños burgueses.

e) Establecer un régimen general de terror.

f) Crear milicias obreras.

g) Destruir las Iglesias y conventos.

h) Suprimir la prensa burguesa.

i) Crear el Ejército rojo español.

j) Provocar una guerra con Portugal a título de experiencia revolucionaria.

4.º Que grandes cantidades de armas rusas comenzaron a entrar en España desembarcadas, en marzo en Sevilla, por el barco soviético Neva, y en Algeciras, en la misma época, por el barco, también soviético, Jerek, siendo este material distribuído por los elementos comunistas en Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca”.

Es decir, se cerraba el círculo. Hemos de suponer que el dictador luso, Oliveira Salazar, recibió la correspondiente documentación de sus amiguetes los sublevados españoles y la trasladó a Londres, aderezada de los necesarios embellecimientos.

Los amables lectores comprenderán ahora mejor las estupideces de la Historia de la Guerra de Liberación del SHM, las bobadas de Félix Maíz, las exageraciones de Bolín, los discursos “científicos” y “objetivos” de algunos historiadores y se harán cruces, supongo, acerca de las discrepancias que pueden fácilmente detectar en las tareas supuestamente encargadas al radio 25 de Madrid con las que tramitó Oliveira Salazar para información de quienes ahogaban a la República. Es también un tema importante porque fue misión de tal radio, se afirmaría después, liquidar al Sr. Calvo Sotelo.

Como se habrá comprobado en estos posts he limitado los comentarios a un mínimo. Incluso a algunos esto puede parecerles exagerado. Es obvio que la argumentación podría haberse basado en un collage de evidencia primaria suficientemente indicativo. Ahora bien, en gran medida aquellas innobles exageraciones, aparte de justificar la sublevación, de execrar a los republicanos en su totalidad y de poner de relieve los rasgos fundamentales del asalto soviético a la vieja e inmortal España (contra el cual un sector del Ejército no tuvo más remedio que resistir con las armas en la mano), sirvieron de hoja de parra. O, si se prefiere un término más elegante y académico, de mecanismo de proyección para ocultar el comportamiento que exhibieron los realmente sublevados. Algo que, en efecto, obviaron cuidadosamente el Dictamen, la “historia” del SHM, Félix Maíz, Luis Antonio Bolín, los historiadores profranquistas y los neofranquistas. Todos unidos en sagrada comunión. Continuará.