De nuevo el caso Balmes: carta abierta a un amigo lector

22 julio, 2014 at 8:00 am

Como he dicho en este blog, y he defendido en todos y cada uno de mis libros, no creo que exista historia definitiva. He estado siempre en las antípodas de algunos historiadores pro-franquistas como, por ejemplo, Ricardo de la Cierva. Los historiadores podemos equivocarnos como todo el mundo. Nadie es ajeno al error, como ya previene un adagio clásico. Ahora bien, hay una distancia sideral entre equivocarse y engañar. Un servidor no engaña.

El caso Balmes, que ya ha surgido en este blog, es algo paradigmático para aproximarse al comportamiento real de Franco. Lo que la prensa de la época, y toda la historiografía subsiguiente, presentó como un accidente, no me parece que lo fuera en modo alguno. Se trató de un asesinato en toda regla que, en los términos del código penal y del código de justicia militar imperantes el 16 de julio de 1936, hubiera debido poner al posterior Caudillo en el sillón de los justiciables.

El asesinato se produjo en tiempo de paz y sin que ni siquiera se hubiera proclamado el estado de guerra (de manera ilegal e ilegítima) que cubrió con su tenue velo todos los desmanes y barbaridades a que se entregaron inmediatamente los sublevados en Canarias, Marruecos y allí donde triunfó la rebelión en la Península.

El “régimen del 18 de julio” nunca reconoció su origen ilegal e ilegítimo. Fundó en él su propia legitimidad. Todavía hoy pagamos las consecuencias.

Algún historiador (por ejemplo, Stanley G. Payne) se ha limitado a decir que no he ofrecido pruebas de que Franco ordenase el asesinato de Balmes. Es una argumentación indigna de un historiador como él. Los asesinatos, en general, no suelen ordenarse por escrito. Hay excepciones, pero el de Balmes no figura entre ellas. Argumenté y argumento que, mientras no se desmantelen los indicios que presenté (y otros que cualquier historiador puede allegar, por ejemplo siguiendo las pistas que dí), mi investigación tiene un altísimo grado de probabilidad. Afortunadamente, ya hay gente que está explorando en esa dirección.

Uno de los lectores de este blog, rastreando por el internet, ha encontrado –escribe- informaciones que “debilitan” mis tesis. Aduce, por ejemplo, que el Dragon Rapide tenía justificado el no volar al aeródromo de Los Rodeos porque en él había dificultades de aterrizaje. Yo señalé, por el contrario, que ir a Los Rodeos era lo más simple si de lo que se trataba era de sacar a Franco de Tenerife y llevarlo a Marruecos para que se pusiera al frente de la sublevación. La argumentación sobre los riesgos de Los Rodeos había sido ya utilizada por algunos historiadores pro-franquistas. Gracias a la inapreciable ayuda de mi primo hermano, expiloto, que voló cientos de veces a Los Rodeos en los años sesenta, dejé claro que, en su autorizada opinión, no era válida. Pues bien, el amable lector a quien me refiero la ha impugnado refiriéndose a unas declaraciones del director de LAPE (Líneas Aéreas Postales Españolas) en las que, al parecer, afirmaba la “peligrosidad” del aeródromo. Tales declaraciones se hicieron a principios de junio (supongo que en Madrid) a un periodista de La Gaceta de Tenerife y, según dice el lector a quien me refiero, no se publicaron hasta pocos días antes de la sublevación militar. Silencia que se trataba de un periódico de tendencia clerical y, si se me permite la expresión, “meapilista”.

No se identifica al autor de tales declaraciones. Mi primo hermano me ha aclarado quién era. Se llamaba César Gómez Lucía y no ha encontrado evidencia documental de que hubiese volado al citado aeropuerto. Según informaciones de internet, fue retirado de la dirección de LAPE en abril de 1936 y sustituído por el comandante Carlos Núñez Mazas, quien desempeñó un papel descollante en las FARE durante la guerra civil. Después de ésta Gómez Lucía fue director gerente de IBERIA. No podía ser un “rojo” peligroso. No ya en internet sino en los Anuales Militares de España que tengo en casa, los de 1934 y 1936, Gómez Lucía no estaba ya en activo, como aparece en el de 1927, que también tengo. En cualquier caso, las presuntas declaraciones de Gómez Lucía no coinciden con la realidad.

Que Los Rodeos fuese un campo de tierra no era un problema para el aterrizaje o despegue del Dragon Rapide, un avión pequeño y muy versátil sin problemas para operar en Tenerife. Respecto a las condiciones meteorológicas, que examiné detalladamente en mi investigación, es cierto que a veces hay en Los Rodeos viento fuerte del norte (turbulencia) y que también se forman nubes bajas (efecto niebla), pero esto es bien conocido, sin problemas irresolubles para la operación, excepto los retrasos que puedan ocasionarse. Al piloto, que no está sólo para operar con sol, se le exigía ya en 1936 cierto grado de pericia y buen criterio. El capitán Webb era un buen profesional y podría haber volado a Los Rodeos. La calificación de que se tratase de un aeródromo peligroso es excesiva. Casos complicados son La Palma (antigüa), Funchal, Guatemala, Bilbao con viento sur (amén de un largo etcétera), pero siempre se ha operado en ellos con la precaución y las limitaciones necesarias.  Si lo hubiera requerido el «plan de ruta» el Dragon Rapide hubiese aterrizado en Tenerife pero siendo obligado, de acuerdo con el plan trazado, acudir adónde iba a producirse un futuro entierro, ¿qué objeto tenía ir a Los Rodeos?

 

Franco no podía airear su plan y la prensa, controlada suavemente por los militares (luego por la fuerza) no hizo el menor hincapié en la posibilidad de que no fuera un accidente. Sus versiones inmediatas solo tenían que cubrir 24 horas. Sí conoció el plan el asesino –a quien el inmarcesible Caudillo siempre dispensó después un trato de favor que nadie ha explicado. También es probable que lo supiera el general Orgaz, residenciado en Las Palmas por el Gobierno y con quien es posible que  Franco hablase de las posibilidades en su visita a la capital grancanaria a finales de mayo. Al fin y al cabo, alguien expuso públicamente durante su transcurso cómo el Ejército podría oponerse a una revuelta izquierdista.  Orgaz, no lo olvidemos, también había tratado de contratar un avión del servicio postal de la Lufthansa (matrícula D-APOK, bautizado con el nombre de “Max von Müller”), por si el Dragon Rapide no acudía a tiempo.

 

Puestos a jugar al ratón y al gato, algo de lo que siempre disfruto cuando se trata de abordar los mitos franquistas, ¿quién me puso sobre la pista del asesino?. Pues un historiador proclive a mantenerlos. La encontré leyendo uno de los numerosos libros del académico de la Historia e insigne medievalista profesor Luis Suárez Fernández al cotejar una de sus habituales, ¿cómo llamarlas?, distorsiones. Si a estas horas no lo ha identificado habrá dado prueba de escasa sagacidad. Un colega y amigo mío, a quien ya he citado en este blog, tardó exactamente diez minutos en hacerlo tras leer las informaciones que ofrecí en mi investigación.

 

Laus Deo. 

Historia: empujan las nuevas generaciones

15 julio, 2014 at 8:21 am

Son tres los fenómenos detectados, todos positivos y muy estimulantes. El primero es que la historiografía sobre la contemporaneidad española avanza con fuerza, adentrándose en nuevas temáticas y nuevos tiempos. La guerra civil, aunque siempre presente de alguna u otra manera, se ha convertido en un punto de partida, no de llegada.

El segundo es la absorción, por parte de una nueva generación, de un principio por el que algunos autores de la mía hemos pugnado durante muchos años. Es preciso disociar analíticamente República y guerra civil. Esta última, por el contrario, debe formar núcleo con el franquismo. Los libros y manuales que tratan en el mismo golpe República y guerra civil están desfasados.

El tercero fenómenos se deriva del enriquecimiento que supone la coexistencia de tres o cuatro generaciones de historiadores, como ocurre ahora en España, que trabajan sobre los períodos que definen nuestra contemporaneidad: República, guerra civil, franquismo, transición.

De entre las nuevas temáticas la que más me ha impactado en El Escorial es el estudio de los mecanismos de control social utilizados durante la larga dictadura. Que de los aplicados en la guerra civil se pasó a los que se emplearon sin solución de continuidad en la segunda es evidente. Lo mismo ocurrió en otras áreas de las políticas públicas: educativa, cultural, represiva y agraria, por no citar sino unas cuantas.

Un joven doctorando ha empezado a estudiar los mecanismos de control social en Madrid en la inmediata posguerra. El volumen de documentación que ha encontrado es, sencillamente, asombroso. Lo que escriba, que no conozco, es difícil que no esté en consonancia con mi insistencia de que sin EPRE no habrá avances historiográficos profundos. Para el caso en cuestión debe combinarse la de naturaleza militar, política, social y policial.

La disociación del tan abroquelado binomio guerra-República también promete avances interesantes. Plantea, entre otros temas, los fundamentales: la legitimidad o ilegitimidad del “régimen del 18 de julio” y la responsabilidad inmediata en el descenso a los infiernos que fue la guerra civil.  A los políticos y funcionarios (también historiadores) que se socializaron en la dictadura o que no han logrado evadirse del canon que tan visceralmente promovió, ambos temas les provocarán urticaria. No en vano apuntalan una conceptualización que se ha abordado, sin menos EPRE, en muchas obras modernas: el franquismo como régimen rupturista en la evolución “normal” de la historia de España. Las consecuencias son aterradoras para los historiadores de derechas, españoles y extranjeros (que de todo hay en la viña del Señor). No extraña que se hayan lanzado a combates de retardamiento.

Para los historiadores de la generación más senior, es decir la de quien esto escribe, el futuro no tiene por qué ser preocupante. Sin ir más lejos, dos jóvenes historiadores (David Jorge y Miguel Íñiguez) están rastreando detenidamente los mil y uno escollos por los que hubo de atravesar la fenecida República a la hora de enfrentarse, sin el menor, con el cerco internacional que formó la política de no intervención. ¿Un tema manido? Quizá, pero nueva documentación pondrá en aprieto a quienes siguen, erre que erre, disminuyendo la eficacia de ese cerco entre los factores que condujeron a la derrota republicana. (Citar nombres equivaldría a darles una publicidad que, en mi opinión, no merecen. Quizá estén haciendo méritos para convertirse en los nuevos porta-estandartes extranjeros de una versión que no choca demasiado con las interpretaciones de la derecha autóctona).

Mi generación no está en la misma situación en que se encontraron los historiadores de la que nos precedió. Observen los lectores que no menciono a “nuestros maestros”. No lo fueron, por lo menos en los temas relevantes de la que para muchos de nosotros era entonces historia contemporánea (es decir la que se inicia tras la quiebra del sistema de la Restauración). Yo  nunca aprendí nada de ellos. ¿Qué podían enseñarnos si se habían estancado en las delicias, goces y honores académicos que les proporcionó la dictadura? En el mejor de los casos, prefirieron revisar algunos ámbitos del siglo XIX y de sus continuidades en la primera parte del XX. Siempre fue más seguro.

El decano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, Luis Enrique Otero Carvajal, ha dirigido un equipo pluridisciplinar que se ha especializado en el estudio de las quiebras en las distintas ramas del quehacer científico en España. Un primer avance de su trabajo se publicó hace un par de años sobre la destrucción de la ciencia en España. Hace unos cuantos meses se ha publicado un masivo estudio por él coordinado sobre la Universidad nacional-católica. La perspectiva analítica escogida ha estribado en el desbrozamiento y contextualización de los expedientes de oposiciones a cátedras universitarias en el decenio de los años cuarenta. Nombres “gloriosos” de la Universidad española de la postguerra pasan por la trituradora de la confrontación con la EPRE en aquel momento culminante de su trayectoria que era el espaldarazo que suponía obtener una cátedra. He de confesar que en Historia el resultado confirma lo dicho. Salvo excepciones, como la de Vicens Vives, posteriormente un tanto exagerada, no hay grandes nombres. El franquismo nos descoyuntó de la evolución que la disciplina seguía en el exterior.

En el seminario de El Escorial las críticas a la llamada “Ley de Memoria Histórica” fueron constantes. No es de extrañar. Sus defectos son numerosos. Sus pretensiones nunca se tradujeron consistentemente en hechos. “Zapaterismo ligero en estado químicamente puro” fue una de las lindezas que se le soltaron. La pérdida de una oportunidad.

También salió a relucir el continuismo en las percepciones de algunos altos cargos del aparato judicial de nuestros días. Ya habían hecho sus primeras armas en la represión franquista. El tratamiento del caso Puig Antich que promete el profesor Gutmaro Gómez Bravo en un  libro a él dedicado será apasionante y sumamente revelador. Un crimen de Estado sin reparar.

En resumen: no hay nada que deba incitarnos a la tristeza. A pesar de todas las dificultades objetivas (en particular de las interpuestas por el actual Gobierno con su negativa a desclasificar nueva documentación y el cierre de un sector de la que ya se conocía), las generaciones que vienen empujando mantendrán a la historiografía española en el recto camino.

 

¿Quién mató a Dag Hammarskjöld? De las dificultades de clarificar un asesinato político

8 julio, 2014 at 7:26 am

En la noche del 17 al 18 de diciembre de 1961 el avión que llevaba a DH al aeropuerto de Ndola,  en lo que hoy es Zambia, se estrelló poco antes de aterrizar. Perecieron todos sus ocupantes, salvo uno que murió –aparentemente de complicaciones por las heridas sufridas- unos cuantos días más tarde. A diferencia de lo que ocurrió con el general Balmes, el accidente se investigó repetidamente. Lo hicieron en dos ocasiones las autoridades competentes de lo que entonces era la Rhodesia del Norte  (parte de una Federación en que también figuraban la Rhodesia del Sur, hoy Zimbabwe, y Nyassalandia, hoy Malawi, bajo dominio británico) y las propias Naciones Unidas.

La primera y segunda investigación determinaron que la causa del accidente fue debida a un error del piloto. La tercera no se pronunció y dejó abierto el caso. Este ha generado varios libros, numerosos programas de televisión e incontables artículos de prensa. En ello se diferencia del caso Balmes, rápidamente olvidado. También se diferencia en que la muerte de DH ha dado origen a las más variadas teorías conspiratoriales en las que figuran como motores la CIA, el MI6, los belgas, varias multinacionales de la época, mercenarios contratados por el Gobierno secesionista de Katanga (una parte del Congo recién llegado a la independencia), los partidarios del apartheid sudafricano y los colonos británicos opuestos a la descolonización.

Dado que en este blog uno de sus amables lectores me ha regañado por mis presuntos fallos en la investigación del caso Balmes, he recordado que tenía sin leer un libro que me regaló mi mujer las últimas Navidades. Me he precipitado, pues, sobre él para contrastar técnicas de análisis en la investigación del “accidente” en el que pereció DH. No soy criminalista y entiendo que uno no cesa de aprender hasta que le visita la negra parca o le atrapan el Alzheimer o la demencia senil.

La autora del libro, Who Killed Hammarskjöld? The UN, the Cold War and White Supremacy in Africa, publicado en 2011, es Susan Williams, una investigadora senior en la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres y experta en temas de descolonización.

Williams ha escrito un libro fascinante. Conoce muy bien el marco estratégico general y los problemas económicos, políticos y militares conectados con la operación de mantenimiento de la paz que DH lanzó en el Congo con la preceptiva autorización del Consejo de Seguridad. Esta parte la resume de mano maestra pero los planteamientos generales solo sirven para encuadrar el “accidente”.

Durante años ha escudriñado los documentos generados por las dos investigaciones. Ha destacado en particular las incongruencias de la más sospechosa, la primera. Ha buscado datos complementarios en tres continentes. Ha tejido una red de complicidades con antiguos miembros de varios servicios de inteligencia. Ha visitado archivos oficiales (y a veces privados) en Bélgica, Estados Unidos, Inglaterra, Naciones Unidas,  Noruega, Portugal, Sudáfrica y Suecia. Ha interrogado a personas que tuvieron alguna conexión con el caso o con sus descendientes. Ha expurgado memorias y literatura secundaria. En definitiva, ha hecho obra de detective y sacado a la luz documentación o informaciones que no se conocían, que se habían desdeñado o que se habían distorsionado. Un lugar importante corresponde a los análisis comparativos de textos, debidamente contextualizados. Salvando las distancias, es más o menos lo que hice en relación con el caso Balmes. No extrañará, claro, que las claves no se encuentren en los artículos de prensa de la época, en parte porque muchos de ellos fueron sometidos a una campaña consciente de desinformación. Como con Balmes.

La conclusión de una monografía de casi trescientas páginas no lleva a poder determinar quién mató a DH. Demasiada documentación se ha destruído. Sí lleva a establecer que no se trató de un accidente. El avión sueco se vio obligado a descender de la altura en la que se había situado para aterrizar unos minutos después. Dos escenarios son verosímiles: bien otro avión le forzó a ello y le lanzó una bomba o bien se activó otro explosivo, oculto en el tren de aterrizaje.

El director del aeropuerto lo cerró sin indagar lo que hubiera podido ocurrir cuando el avión se retrasó; las comunicaciones con el avión no se grabaron o desaparecieron; se “pasó por alto” que en la torre de control probablemente hubo personas que no querían demasiado a DH; se retrasó todo lo posible la investigación sobre el terreno; se omitieron testimonios oculares (de nativos) que habían llegado al lugar del “accidente” mucho antes que las fuerzas de seguridad, etc.

En realidad DH se había convertido en una persona cuyo compromiso con la integridad territorial del Congo molestaba a los Gobiernos británico, belga y sudafricano, a poderosas multinacionales que se las prometían muy felices ante la posibilidad de explotar los inmensos recursos minerales de una Katanga independiente y, no en último término, a las autoridades de la Federación de las dos Rhodesias y Nyassaland. Los archivos de su presidente (Sir Roy Welensky) y del alto comisario (Lord Alport) no han desaparecido pero sí se han “peinado”. También los de la CIA y, probablemente, los de la NSA, uno de cuyos funcionarios captó en una estación de escucha de Chipre conversaciones de un segundo avión que no se registraron. Mutatis mutandis, es lo que ha ocurrido con ciertos papeles de la Presidencia del Gobierno y de las autoridades militares españolas o de los fondos del Foreign Office y de los archivos del MI6, todavía cerrados a piedra y lodo.

Personalmente, me siento muy satisfecho de que, con las naturales diferencias, las técnicas de investigación y análisis que utilicé en mi estudio acerca del “accidente” del general Balmes sean, en el plano metodológico, muy parecidas a las que Susan Williams ha seguido en su fascinante estudio. Con una diferencia. El caso DH fue muchísimo más complejo y plantea las responsabilidades de importantísimas personas en la esfera política y económica de varios países. De aquí que no haya podido determinar con total exactitud quiénes fueron los causantes.  En el caso Balmes puedo reafirmar que, con un 99 por ciento de probabilidad, el nombre de su asesino es identificable.

Para los interesados: la entrada de DH en la edición en español de Wikipedia es paupérrima y admite la teoría del accidente; la de la versión en inglés es más completa pero no menciona el estudio de Williams. Tampoco cree en un asesinato aunque expone las teorías que discrepan del accidente.

Lo que cuesta averiguar ciertos hechos…

Por la religión y por la patria. La iglesia y el golpe militar de julio de 1936

1 julio, 2014 at 8:36 am

Utilizo conscientemente la fórmula con el “quizá” porque dicho libro lo singularizan tres rasgos: a) aborda una tema que se ha querido oscurecer por la amplitud de la campaña mediática de la Iglesia para recordar el martirio de los religiosos, del clero secular y regular, durante la guerra civil y que se ha materializado en los últimos años de involución eclesial en masivas operaciones de beatificación; b) presenta la “otra cara” de la moneda: la participación activa, indecorosa, vil, de numerosos clérigos en el asesinato y persecución que efectuaron los militares, la guardia civil, la policía, la falange y las demás fuerzas “cívicas” en una operación destinada a sembrar el terror en los territorios bajo control de los sublevados y a liquidar físicamente a la “anti-España”; c) acumula casos probados, bien documentalmente bien por referencias de historia oral verificadas en lo posible, que permiten, por un proceso inductivo, establecer hipótesis generales contrarias a las versiones eclesiales que, ciertamente en mi generación, se nos impusieron a golpes de propaganda que subrayaban las malísimas artes de todos los demonios enemigos de “Dios y de la Patria”.

Se trata de un libro relativamente corto. No tiene mucho más de 150 páginas de texto y una veintena para notas. Son las suficientes para leerlo en unas cuantas horas. La brevedad refuerza un mensaje que no es nuevo pero que ahora queda abrumadamente probado. Lo expuso ya, en plena guerra civil, el prominente político católico vasco Manuel de Irujo cuando profetizó que la Iglesia  española aparecería en el futuro como víctima (lo cual es indudable) pero también como verdugo (papel siempre aminorado cuando no silenciado).

El libro establece una tipología de las formas de participación de los clérigos en la violencia. La más desaforada y vomitiva fue la directa. Fue la que ejercieron el “cura de Zafra”, Juan Galán Bermejo; el bravo Padre Vicente, capellán castrense de la Legión; el jesuita Bernabé Copado, capellán militar de la columna Redondo; otro capellán legionario, el también jesuita José Caballero; el coadjutor de la parroquia de la Concepción de Huelva, Luis Calderón Tejero; el párroco de Rociana, de la misma provincia, Eduardo Martínez Laorden; el párroco superfascista de Encinasola, Eugenio López Martín; un excapellán de la cárcel de Huelva, Pablo Rodríguez González, etc. Nombres todos que deben formar parte de la historia mundial de la infamia. (No he verificado por cierto si han encontrado acogida en las páginas del Diccionario biográfico español de la RAH). Se trata de una selección tan solo de un frondoso ramillete. Otra forma de participación fue más sutil: consistió en dar testimonios falsos sobre el comportamiento de izquierdas y malvados de toda laya de tal forma que su ejecución o su condena a largos años prisión se hacían inevitables. Fue la más rastrera, si es que cabe hacer distinciones en terreno tan resbaladizo, pues aquellos (¡oh!) santos varones solían ocultar con  frecuencia que a ellos debían su propia salvación. Ejemplos  poco en consonancia con las tan ensalzadas virtudes de verdad, prudencia y templanza.

El libro, para escándalo de eventuales píos lectores, no exonera a la propia jerarquía que demostró un tipo de comportamiento alentado por los señores obispos (a quienes Dios, en su infinita bondad, quizá haya abierto las puertas de su gloria porque el historiador debe cerrárselas). Dejemos la palabra a una de las lumbreras de la Iglesia española, monseñor Eijo Garay, duro entre los duros, fascistizado entre los fascistizados: “Dios está entre nosotros. Dios está con Falange. Y la Falange, que ayuda en los frentes a ganar la guerra y prodiga en la retaguardia la caridad cristiana, salvará a España”. ¿Exabruptos de la época? No extrañará que hubiese sacerdotes como Miguel Franco Olivares a quienes le agradara la consoladora tarea de dar tiros de gracia a los ejecutados. Para que llegasen más rápidamente al juicio divino.

Se ha hablado mucho de las charlas radiofónicas de Queipo. Menos de los curas que participaron en tan modernas actividades tan resaltadas en la entrada de dicho general en el Diccionario de la RAH. Se conservan, por ejemplo, los alocados deseos de fray Jacinto de Chucena: “Es preciso, de toda precisión, que a esta degenerada y venenosa semilla del marxismo se la quebrante y desarraigue del patrio suelo, hasta que no queda ni rastro de ella”. Emitida el 14 de agosto de 1936. Pour encourager les autres.

Un capítulo entero se dedica a una actividad algo más sofisticada. Fue la fabricación de informes político-sociales en base a los cuales se fundamentó ulteriormente la represión militar y fascista. Estuvieran basadas en hechos, rumores, inventos o incitaciones militares y policiales que de todo hubo en la Viña del Señor. Un ejemplo: “no puedo precisar si cometió desmanes pero es de suponer por haber sido detenido”. Tan tranquilo. Es un argumento que solía utilizarse también en los consejos de guerra. ¡Algo habrían hecho y no habría sido nada nuevo!

La purga del magisterio republicano, que tanta atención ha despertado con toda razón en los últimos años, y bajo la responsabilidad última de aquel genio de la literatura patriótica que se llamó don José María Pemán, contó siempre con el apoyo entusiasta de la Iglesia y de sus huestes negras, no en vano jamás perdonaron a la República los intentos de sustraer la enseñanza a su histórico dogal.  Finalmente, los autores también abordan el mito del “cura bueno”, de la mano del de Mérida, César Lozano,  aunque “bueno solo por un día”, a la vez que enfatizan los casos de religiosos que permanecieron fieles a su ministerio y no dudaron en ayudar a su grey, situándose del lado de la República. Ni que decir tiene que muchos de ellos lo pagaron con la vida.

Un libro abarrotado, pues, de datos, fuentes y testimonios que cuenta otra historia, en contraposición a las miríficas visiones que siguen hoy propagando la Iglesia y sus plumillas y a  las que tan buena acogida ha dado la RAH.  Si hay que ganar la batalla por la Historia, libros como este son más que necesarios. Son imprescindibles. Gusten o no gusten. Al escrutinio del historiador no puede quedar vedado ningún ámbito de la acción humana en el pasado. Tampoco la de la Iglesia con toda su espiritualidad.

Un régimen clerical-fascista

25 junio, 2014 at 8:30 am

David Kertzer es un historiador norteamericano muy conocido  por sus estudios sobre la historia de la Iglesia Católica, la historia italiana y el Vaticano. Su último libro, el décimo, titulado El Papa y Mussolini. La historia secreta de Pio XI y el ascenso del fascismo en Europa, fue objeto de una entusiasta recensión en The Guardian (8 de marzo de 2014). No es para menos. Kertzer ha hecho lo que todo historiador cuidadoso debe hacer pero que no suelen hacer nuestros contemporaneistas neofranquistas: pasarse unos cuantos años en archivos, identificar masas de documentación relevante, analizarla críticamente y complementar sus hallazgos con una abundante bibliografía.

El tema, ciertamente, no es nuevo. Aparece en historias generales y, de vez en cuando, en monografías. Pero sí lo es el enfoque aplicado a sus materiales. Kertzer ha entrado a saco en los archivos secretos vaticanos abiertos hasta el momento. Esto es una novedad solo relativa. También otros autores lo han hecho. Lo importante es que los ha complementado con otras masas documentales localizadas en los archivos fascistas,  hasta ahora un tanto desconocidas, que emanaron de los servicios de información de Mussolini.

Como han puesto de relieve numerosos trabajos recientes, entre ellos el de Mauro Canali sobre los espías del régimen mussoliniano, el Duce tendió sobre sus súbditos y en algunos lugares que le llamaron la atención poderosamente para sus oscuros designios (entre ellos España) redes muy sofisticadas de espionaje. Kertzer los ha aprovechado, con la debida cautela, para informar al lector sobre las idas y venidas en el Vaticano. Este es, como es notorio, uno de los centros de poder más cerrados del mundo. El resultado es explosivo: la combinación de datos y documentos sobre las percepciones internas, los mangoneos y las pugnas en la curia y de los prelados italianos junto con las percepciones externas sobre las relaciones entre una Italia fascistizada rápidamente y un Vaticano que pugnaba por verse reconocido como Estado por el régimen fascista, levanta muchos de los velos que hasta ahora ocultaban un pasado ampliamente desfigurado. Fue en este en el que se creó el compacto clérico-fascista cuyos principios fundamentales no tardaron en exportarse hacia quienes ya se perfilaban como vencedores en la guerra civil en España.  Con independencia de que, como han mostrado recientes estudios españoles, aquí ya hubiera un terreno profundamente abonado.

Al igual que en España en Italia hubo fricciones ideológicas y culturales por un lado entre fascistas y papista a la vez que necesidades comunes. Mussolini aspiraba a la “bendición” que le diera la Iglesia católica. Ello le permitiría profundizar más fácilmente en la fascistización de la sociedad, dado que una parte del clero ya había caído o estaba lo suficientemente maduro como para acomodarse a ella. Quienes pagarían el pato serían los católicos antifascistas y las fuerzas político-sociales no necesariamente fascistas pero muy íntimamente relacionadas con la Iglesia, en particular la Acción Católica. El Vaticano, por otro lado, vio en la dictadura la posibilidad de reducir la influencia de lo que para él eran sus fantasmas seculares, ligados a la modernización: laicismo, izquierdismo, masonería, judaísmo. Pío XI sacrificó, fríamente, a los católicos no fascistas creyendo que podría jugar con Mussolini. Este, ciertamente, pareció cumplir su parte del pacto pero lo hizo a regañadientes sabiendo que si bien necesitaba a la Iglesia, Pío XI le necesitaba más a él.

En juego entraron personajes oscuros, no enteramente desconocidos pero que Kertzer ilumina poderosamente. Por ejemplo, el mediador oculto entre el Papa y el Duce, un jesuita llamado Pietro Tacchi Venturi y cuyos papeles Kertzer ha contextualizado cuidadosamente. A veces más fascista que vaticanista, su papel fue fundamental.   No menos importante fue el del general de los jesuitas, un polaco llamado Wlodzimierz Ledóchowski, profundamente anticomunista. O un prelado como monseñor Camillo Caccia Dominioni, fascista convencido y a quien, al parecer, los efebos le sorbían el seso. El resultado fue una situación en la que nunca desde el hundimiento de los Estados pontificios en el XIX la Iglesia católica se había identificado tanto con el Gobierno italiano. Kertzer analiza la evolución que llevó a otra situación insólita: nunca desde el tiempo de las Cruzadas la Iglesia bendijo tanto las ansias de expansión fascista que consideró también expansión italiana. Como en la España de la victoria.

Los puntos fundamentales de la obra radican en el recorrido y  contextualización de las negociaciones que llevaron a los pactos lateranenses de 1929 y en la radicalización de la postura del Duce con respecto a los judíos una vez que decidiera unir su suerte a la de Hitler. El antisemitismo tenía raíces profundas en la Iglesia católica pero alcanzaba un límite en el caso de aquellos judíos que, deslumbrados por la verdadera fe, se habían convertido al catolicismo. Al final de su papado, Pío XI, ya muy débil y enfermo, se dio cuenta de que sus fantasías habían conducido a una situación peligrosa. Fue entonces cuando se desplegaron en todo su esplendor las intrigas vaticanas para evitar que llegara a sus últimas conclusiones. El papa había convocado para febrero de 1939 una reunión de todos los obispos italianos a fin de darles su último mensaje. Iba a contener una condena explícita de Mussolini y una denuncia de su aproximación al racismo nazi.  Con grandes esfuerzos compuso su mensaje y ordenó que se imprimiera un ejemplar para cada obispo. No llegó a distribuirse. Pío XI falleció la víspera de la reunión. Mussolini, en brazos de su amante, ni se inmutó, pero le inquietó el documento.

El secretario de Estado del Vaticano, Eugenio Pacelli, se convirtió en el nuevo papa bajo el nombre de Pío XII. Diplomático, ambiguo, apaciguador de los dictadores nazi-fascistas, ordenó que fuese destruído. Continuaba la tendencia que había abierto Ledóchowski al sabotear órdenes de Pío XI de cara a acumular materiales para redactar un sustancial escrito doctrinal. Todo, como puede comprender el lector, a la mayor gloria de Dios. Pío XII no tardó mucho en elevar sus loores a Franco por el resonante triunfo de la católica España en la guerra civil.

En resumen, un libro que convendría traducir urgentemente. También una muestra de cómo el Vaticano ha llegado a ser más abierto de cara a la conveniencia de pasar por la piedra de la contrastación documental algunos de sus propios mitos que el actual Gobierno español de cara a la desvirtuación de la mitología franquista. Por no hablar de la Iglesia católica española, tan selectiva a la hora de abrir sus archivos. ¿Paradójico? No tanto.

 

Exaltación monárquica e historia

20 junio, 2014 at 7:28 am

Comparto en el blog este artículo que publiqué ayer en El Confidencial.

http://blogs.elconfidencial.com/cultura/tribuna-de-expertos/2014-06-19/exaltacion-monarquica-e-historia_148582/

El historiador debe abrir puertas, no cerrarlas

17 junio, 2014 at 2:31 pm

Hasta ahora he mantenido este blog con dos posts semanales. Ha implicado un fuerte drenaje sobre mis disponibilidades de tiempo. Acabo de concluir los tres investigaciones que me han tenido en vilo en los últimos años. Uno sobre los tiempos oscuros de los primeros meses de la guerra civil, de la mano de las memorias inéditas de quien fue el “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, Francisco Serrat y Bonastre. No estaban destinadas a la publicación y sí a orientar a sus familiares sobre el clima que encontró en Burgos y Salamanca entre octubre de 1936 y abril de 1937. Contienen algunas sorpresas. El segundo trabajo, de naturaleza transversal, versa sobre la “hábil prudencia” de Franco en temas domésticos e internacionales. Es en estos últimos, como es sabido, en los que al decir de sus panegiristas llevó con mano maestra la nave del Estado. Aparecerá en la primavera de 2015. Ambos en CRITICA. Cuando salgan, algunas reputaciones sufrirán un cierto quebranto. Están basados en esa EPRE que causa espanto a más de un historiador pro o neo-franquista. Y finalmente en septiembre la Universidad de Salamanca publicará un tomazo de la revista anual STUDIA HISTORICA, el último en papel, en el que he coordinado a más de treinta autores para que analicen la literatura aparecida sobre la guerra civil en los últimos años en otros treinta capítulos, tanto en España como, en particular, en el extranjero. En este último caso, sin límite temporal. Es decir, no he estado con los brazos cruzados y he mantenido un ritmo trepidante en este blog.

Hoy me veo obligado a anunciar tres novedades.

La primera es que  de manera inmediata voy a dar comienzo,  con un íntimo amigo, a una investigación, pero en esta ocasión ya muy alejada de la guerra civil. No deseo desvelar el tema pero se trata de una cuestión que, en su momento, dio origen a enconadas disputas. Llevará tiempo, quizá dos años, hasta que sus resultados puedan publicarse. No gustarán a mucha gente pero, como siempre he tratado de hacer, hará ver la conveniencia de seguir abriendo brechas y de no cerrar puertas.

Esta nueva investigación limitará mis posibilidades de hacer otras cosas. Ello me obliga a alimentar este blog a  partir de ahora con un post semanal. Los martes. Para que los posts sean interesantes  por sí mismos, hay que elegir bien los temas, concentrarse en ellos  y determinar sus rasgos esenciales. Y esto exige tiempo. Algo que volverá a ser un recurso escaso.

Como hasta ahora no dejaré de comentar libros que me han impactado, se conozcan en España o no. El lector no debe olvidar que mientras el actual Gobierno seca las fuentes de financiación para la investigación en prácticamente todos los dominios del saber y lanza eslogan tras eslogan sobre la inminente recuperación económica, nuestros licenciados, doctores e investigadores comparten con una amplia masa de la juventud  española horizontes sin esperanza o emigra mientras los sistemas de enseñanza pública y de salud se desmoronan a pasos agigantados

Esto no ocurre en otros países. No porque sus ciudadanos sean más listos sino porque tienen la ventaja de contar con gobiernos menos lerdos. No es de extrañar que en ellos se produzcan avances en casi todas las ramas del conocimiento. Aquí, en este blog, me interesan los que tienen lugar en historia contemporánea (es decir, de la que surge desde el descalabro del sistema de Versalles) y algunos de tales libros tienen relevancia para nuestra propia historia.

La semana que viene daré un aldabonazo sobre un tema que, si se traduce al castellano el libro en el que me baso, alimentará la discusión historiográfica española.

 

 

En memoria de un diplomático ejemplar

13 junio, 2014 at 7:28 am

El embajador Carlos Miranda, buen amigo mío, publica una necrológica sobre otro común amigo, el embajador Máximo Cajal, recientemente fallecido. Hubo ya varias en EL PAIS y, por pudor, no quise escribir yo la mía. Eso sí, el libro que estoy terminando sobre la hábil prudencia de Franco se lo dedicaré también a Cajal. Me entero de que el señor ministro de Asuntos Exteriores no se ha dignado ni siquiera enviar unas líneas de condolencia a la viuda. Muy en forma.

Así es cómo esta España de nuestros pecados honra a sus servidores.
Sin comentarios.

En este link podéis acceder al texto: http://www.planetadelibros.com/pdf/140520_M._Cajal_un_ejemplo_en_Tiempo_de_Paz_num_Primavera_2014.pdf

Angel Viñas

Abdicación y perplejidad

6 junio, 2014 at 12:30 pm

Lo primero que me ha chocado es la disparidad de tratamientos. Quizá sea un problema de cultura política. En general la prensa belga escrita fue comedida. Se esbozaron las luces y las sombras del abdicante y se perfiló a grandes rasgos la figura de su sucesor. Si algo recuerdo de aquellos días fue el predominio de la vocación analítica de los comentaristas.

La situación política y económica por lo demás del Reino de Bélgica no era entonces precisamente muy boyante. La embestida nacionalista (por no decir secesionista) flamenca todavía no estaba demasiado contenida; la crisis generaba dolorosas punzadas sociales; la mendicidad había aparecido en las calles bruselenses, incluso en las más elegantes; las ONG centuplicaban sus esfuerzos. Para colmo, un olorcillo de escándalo rodeaba a la pareja real. El contexto, en una palabra, era relativamente parecido al español actual.

Pero, ¡qué diferencia en cuanto al tenor de la prensa escrita y los comentarios de las personalidades políticas y del mundo cultural e intelectual!  Me ha dejado perplejo. Quizá sea también consecuencia de mi distanciamiento de la escena española. Ya no vengo por este país tanto como solía.

Como no tengo aquí radio ni televisión, solo puedo referirme a los medios de comunicación diarios. ¿Qué me ha llamado la atención de la prensa escrita madrileña?

En primer lugar, la hipertrofia de las alabanzas (a veces un tanto babosas) sobre la figura del rey Juan Carlos. Como si la democracia (me permito añadir que de calidad un tanto baja) de que disfrutamos hubiera sido producto de su sola voluntad.

En segundo lugar, la ausencia de cualquier reflexión crítica sobre el papel desempeñado por los sucesivos Gobiernos que han dirigido la política del Estado durante su reinado. Con sus altos y sus bajos, sus focos y sus velas, han sido los diferentes partidos políticos representados en las Cortes los que han dado luz verde a las iniciativas gubernamentales en materia legislativa. La sanción real siempre ha sido una mera fórmula.

En tercer lugar, la falta de una reflexión mínimamente seria sobre las relaciones entre el monarca y los presidentes del Gobierno que han actuado desde el 23-F. Eso sí, han proliferado los elogios un tanto paroxísmicos al papel del rey en el fracaso del intento de golpe de Estado.

No seré yo quien regatee méritos en este vidrioso asunto pero me atrevo a aventurar dos hipótesis: a) si el rey se hubiera situado detrás del golpe, este hubiese triunfado; b) de haberse producido este escenario, es verosímil que con él se hubiera puesto en juego el futuro de la Corona. No discuto el patriotismo real. Simplemente me limito a recordar lo que terminó ocurriendo a su augusto abuelo (a quien algún historiador de los muchos que han escrito durante estos días extiende poco menos que un certificado de buena conducta) tras haber consentido, si no alentado, el golpe primorriverista de 1923.

Por lo demás, y de nuevo sin negar méritos, me permito señalar que, al oponerse al golpe, el rey no hizo sino cumplir con su deber. En un sentido funcional, teleológico y, si se me apura, histórico. Al fin y al cabo, monárquicos fueron quienes se autoconstituyeron en la punta de lanza de la conspiración que llevó a la sublevación de 1936. También fueron monárquicos quienes complotaron con una potencia extranjera (aunque todavía se ignora si Alfonso XIII estaba al tanto) y un general monárquico y conspirador contribuyó a aupar a Franco a su excelso puesto, que ya no abandonaría jamás. Hoy no es de buen tono hablar de sus responsabilidades.

Históricamente hablando no hay mucho que agradecer a la Monarquía desde los años veinte del pasado siglo hasta, digamos, la Constitución de 1978. Y aún así. A medida que los archivos extranjeros van desvelando algunos de los entresijos de la transición (algo que no ocurre con los españoles, cerrados providencialmente a cal y canto por el actual Gobierno) se refuerza la hipótesis de que el rey Juan Carlos no hubiera tenido un porvenir excesivamente brillante de no haber impulsado el proceso que llevaría a la quiebra del sistema político e institucional del franquismo.

Pienso que alguna reflexión de tal tipo no hubiera venido mal en estos días, por no hacer hincapié en que el descrédito en el que se ha sumido la Monarquía en los últimos años no ha sido precisamente el resultado de una conspiración izquierdista, antisistema, republicana o whatever sino de cosecha propia. Si la imagen, probidad, credibilidad e incluso idoneidad del rey Juan Carlos han estado por los suelos en los últimos años es difícilmente negable que la mecánica que condujo a tan deplorable situación la puso en marcha él mismo.

No sabemos cómo la historia juzgará a Juan Carlos I. Se admiten todo tipo de apuestas pero al menos deberíamos ser lo suficientemente autoanalíticos para recordar, siquiera brevemente, que la aparente brillantez de su reinado que tanto se ha ensalzado estos días ha sido también el resultado, esencialmente, del pueblo español, es decir, un pueblo con ansias de libertad, igualdad y prosperidad y que ha comprobado cómo se les han cortocircuitado en un remedo del bienio negro de infausta memoria. Si al rey se le han atribuido tantas  luces ¿no sería razonable atribuirle, al menos, algunas de las sombras?

Lo que hemos leído es, en buena medida, una operación de maquillaje. Quizá necesaria pero sugiero guardar la prensa escrita de estos días como materia prima para, dentro de unos años, volver la mirada atrás y contrastarla con las revelaciones que de aquí a entonces seguramente habrán ido apareciendo. Cuestión de hacer historia.

Afortunadamente chapuceros pero nazificados

2 junio, 2014 at 8:00 am

La copia, aunque a veces chapucera pero siempre letal, de los métodos de «trabajo» nazis es particularmente clara en el caso de la represión franquista. Francisco Moreno Gómez ha escrito sobre «Auschwitz en España». No es una expresión atolondrada. No quiere significar, obviamente, que el campo de exterminación de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, y que quizá algunos de los lectores hayan visitado, como quien estas líneas escribe, se reprodujera miméticamente en tierras españolas. La Shoah, insisto, es irrepetible. Sí se repitieron en España ciertos métodos de trabajo. No debería extrañar dado que, desde 1938, las policías nazi y franquista colaboraban estrechamente y se habían firmado, en los tiempos en que el brutal general Severiano Martínez Anido era ministro de Orden Público, acuerdos y protocolos de colaboración que dejaban abierta la puerta a todo tipo de actuaciones. El lector que quiera leerlos puede encontrar su texto, considerado durante muchísimos años como poco menos que un secreto de Estado, en la obra de Manuel Ros Agudo La guerra secreta de Franco (Crítica, 2002).

El desarrollo de la colaboración no se ha documentado todavía. Parece ser que la evidencia primaria de época ha desaparecido (una casualidad) si no es que sigue cerrada a cal y canto. De por dónde iban las pistas cabe inferirlo de la exposición de motivos de la Ley de 8 de marzo de 1941 por la que se reorganizaron los servicios de Policía (no se olvide esta fecha al lector). Tomemos algunos sabrosos párrafos, publicados en el BOE del 8 de abril del mismo año y hoy olvidados:

«La victoria de las armas españolas, al instaurar un régimen que quiere evitar los errores y defectos de la vieja organización liberal y democrática, exige de los organismos encargados de la defensa del Estado una mayor eficacia y amplitud». En consecuencia, la «nueva policía española» se encargaría de realizar una «vigilancia permanente y total indispensable para la vida de la Nación que, en los Estados totalitarios, se logra merced a una acertada combinación de técnica perfecta y de lealtad». La «policía política» (sic) se configuró, pues, como el órgano «más eficiente para la defensa del Estado».

No sé si la técnica llegó a ser tan perfecta como las de la Alemania nazi y la Italia fascista, tal y como se deseaba, pero lo que es evidente es que la «formación» adecuada resultaría más fácil si se buscaba inspiración necesarios en aquel país que parecía invencible en los campos de batalla: el Tercer Reich.

Entre los «métodos de trabajo» aplicados a la represión carcelaria figuró, en primer lugar, el hambre. COMO EN AUSCHWITZ. No me consta, pero con ello revelo mi  ignorancia, que las decenas de plumillas y autores neo-franquistas se hayan esforzado mucho por hacer llegar a sus lectores informaciones sobre las condiciones materiales y de vida en Auschwitz. Traducen una similitud sorprendente con el caso cordobés.

El personal de las SS gestionaba los almacenes y las cocinas y se quedaban con los alimentos y productos de mayor calidad  (entre ellos la carne, la margarina, el azúcar, el trigo, la harina y las salchichas). Los ingredientes disponibles eran, pues, insuficientes para proveer las raciones alimenticias que preveían los reglamentos. Como en Córdoba.

A tenor de la documentación no destruida del Instituto de Higiene de las SS en Rajsko, al que llegaban muestras de las raciones suministradas a los prisioneros, a la sopa que se les daba le faltaba entre el 60 y el 90 por ciento de la margarina prescrita, el pan era duro como una piedra y las salchichas contenían la mitad aproximadamente de la grasa que debían recibir los reclusos. Las sisas, el estraperlo y las ventas clandestinas estaban a la orden del día. Como en Córdoba. Así, pues, en lugar de la ingesta calórica prevista en los reglamentos  (entre 1700 calorías para los prisioneros que no realizaban grandes trabajos físicos y 2150 calorías para los que sí los hacían) a los reclusos se les suministraban entre 1300 y 1700 calorías diarias respectivamente. Es decir, una ingesta muy superior a la de Córdoba. Claro, podría afirmarse, que en Auschwitz hacía mucho frío, no así en Andalucía, pero la diferencia es muy notable. Sobre todo porque, a tenor de la documentación sobre las comidas conservada en el archivo del sub-campo de Trzebinia, perteneciente al conglomerado en torno a Auschwitz-Birkenau, los componentes eran muy parecidos: NABOS, patatas y pequeñas cantidades de cebada y otros cereales amén de un extracto «nutritivo», el famoso «Awo». Los españoles, más chapuceros, utilizaban grasas para las carretas y para llegar a resultados más rápidos habían fijado la ingesta calórica en niveles anormalmente bajos. Chapuceros, sí, pero sumamente expeditivos.

En definitiva, se trataba de raciones de hambre (aunque quizá, potencialmente, más «apetitosas» que las españolas) y a las pocas semanas de disfrutar de tal tipo de alimentación la mayor parte de los presos de Auschwitz empezaban a mostrar señales de depauperación. Desesperados, echaban mano a las basuras lo que no aplacaba el hambre pero sí contribuía a epidemias de diarrea y disentería. Como en Córdoba. Por lo demás las condiciones sanitarias y de salubridad eran muy parecidas: hacinamiento, falta de higiene,  piojos. (Para información de los lectores he tomado los datos anteriores de un libro publicado por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, que puede obtenerse in situ, y que contiene un interesante artículo sobre la vida diaria de los reclusos (los no gaseados directamente ni asesinados por inyecciones letales) debido al historiador polaco Tadeusz Iwaszko).

¿Quiénes eran los mandos en Córdoba? Los alcaldes fueron Manuel Sarazá Murcia y Antonio Torres Trigueros. Si hicieron alguna gestión ante las autoridades de la prisión debería constar en el archivo del Ayuntamiento. El presidente de la Diputación era Enrique Salinas Anchelerga. ¿Se inmiscuyó? El Gobierno civil estuvo a cargo del comandante de Artillería Joaquín Cárdenas Llavaneras y del camisa vieja Rogelio Vignote, militar retirado. ¿Intervinieron? En el Gobierno militar se sucedieron el general Francisco Fermoso Blanco, en la reserva en julio de 1936 y rápidamente nombrado Gobernador General por los sublevados (pasó a vocal del Alto Tribunal de Justicia Militar el 5 de noviembre de 1936),  y el coronel Antonio Pérez Torrealba. La Falange provincial la dirigía Jesús Aguilar y el secretario local de Córdoba tenía un nombre ilustre, Fernando Fernández de Córdoba. A mediados de septiembre le sustituyó Manuel González Ruiz-Ripoll. Si alguno de ellos hizo algo en relación con la cárcel, se ignora. No cabe descartar que tal vez sus descendientes puedan documentarlo.

Naturalmente las autoridades cordobesas respondían a una cadena de mando. Es conocida. En 1941 el ministro de la Gobernación era el coronel Valentín Galarza. Había sido el coordinador de los hilos de la sublevación en 1936. No se había arredrado ante la posibilidad de que desembocara en guerra.  Monárquico de quienes no hacían ascos a los sobornos británicos que vehiculaba Juan March. Los directores generales de Seguridad fueron José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, falangista, y un militar escasamente conocido, Gerardo Caballero Olabezar. El director general de Prisiones era el general Máximo Cuervo Radigales, hipercatólico y miembro eminente de la ACNDP (Acción Católica Nacional de Propagandístas), del Cuerpo Jurídico Militar que tanto contribuyó «técnicamente» a la salvaje represión. Salvo Caballero, los restantes conocieron horas de gloria y murieron como Dios manda, con todas las bendiciones necesarias. Rudolf Höss, el  «normalito» comandante de Auschwitz, fue ahorcado como criminal de guerra en Polonia tras una azarosa búsqueda que constituye, de por sí, un auténtico thriller.

[Los lectores que quieran saber más acerca de las políticas penales y carcelarias, sus presupuestos ideológicos y su organización en la postguerra española pueden también acudir a los excelentes trabajos de Gutmaro Gómez Bravo].